Primero la Educación

 



PRIMERO LA EDUCACION:
Apoyamos la lucha docente.


(Extracto de la nota enviada en la primera semana de mayo de 2005 a la UEPC de Córdoba)

Si hiciéramos una consulta popular para determinar qué puede salvar a la Argentina de su crisis de desempleo e injusta distribución del ingreso, la respuesta sería unánime: la educación. Todos somos conscientes que Argentina se equiparó a las grandes potencias del mundo y se convirtió en un modelo de movilidad social, cuando apostó firmemente a la educación pública.

Frente a semejante coincidencia ¿Cómo es que ningún político ni gobernante levanta esta bandera y la lleva hasta sus últimas consecuencias? Porque todos tenemos en claro que más escuelas no es sinónimo de más educación. A esta altura se necesita una verdadera Política de Estado y hoy está faltando.

Lo más preocupante es que, frente a esta indiferencia, los ciudadanos tampoco reaccionemos exigiendo que se le de prioridad absoluta a la educación de nuestros hijos por sobre cualquier otro gasto importante o superfluo.

Aquí aparecen los maestros, que llevan adelante una lucha “eterna” a favor de mejorar su salario y condiciones laborales. Reclaman y nadie les responde. Y entonces hacen paro y todos los padres nos enojamos por que nuestros hijos pierden días de clase. Pero ¿qué otra presión pueden ejercer estos trabajadores que, por mucha vocación que tengan, nos les alcanza para vivir?

Estamos hablando, nada más ni nada menos, que de personas preparadas especialmente para forjar el futuro de nuestros niños. ¿Cuánto estamos dispuestos a pagarles?

¿Primero el huevo o la gallina?

La lucha que llevamos adelante desde Primero la Gente -resumida en el nombre que nos aglutina- se concentra no sólo en que las necesidades básicas de la gente sean puestas como prioridad por los gobiernos, sino además -en un nivel más profundo- que la gente pueda ser protagonista: que aproveche “los beneficios de la libertad” al máximo y que el poder se mantenga lo más cerca de las personas que sea posible, en un marco democrático.

Pero ese anhelo sólo podrá realizarse si educamos a los ciudadanos en el pensamiento crítico y la libertad, inculcando -al mismo tiempo- el sentido de la responsabilidad por las decisiones que uno toma, en un marco social solidario y tolerante. Hablamos de un desafío muy complejo, que requiere al frente de las aulas a profesionales altamente capacitados.

Pero ¿qué sentido de la misión trascendente podemos transmitirle a nuestros educadores si como contracara advierten que no somos capaces de brindarles un salario acorde a la envergadura y al carácter estratégico de la tarea que desarrollan?

Parece mentira que estemos transando con estas figuras claves de la transformación nacional, ofreciendo miserables aumentos no remunerativos (que no es otra cosa que un pago en negro hecho por el Estado), que no le reconozcamos el 82 % móvil a los educadores que dieron su vida en las aulas y que no escuchemos sus reclamos por un mayor presupuesto y una gestión más eficaz de los recursos.

Fondos debe haber, porque los impuestos asfixian. Y con un gasto público brutal, justo no hay recursos para uno de los pilares de la justicia social y la igualdad de oportunidades.

Ha llegado la hora de defender con mucha decisión el paradigma de maestros muy bien pagos, para poder avanzar hacia un plantel profesionalizado al que se le pueda exigir una carrera no sólo terciaria, como es ahora, sino universitaria. Pero vuelvo a insistir: ¿cómo podemos exigir excelencia a los docentes si no estamos dispuestos a pagarles por esa exigencia?

En este caso, no puede haber dudas: primero el huevo y después la gallina. Ofrezcamos, en un plan progresivo, un aumento importante en el sueldo de maestros y docentes. A cambio, les exijamos que se pongan al frente de una transformación de fondo de nuestro sistema educativo en crisis.

Transformación de fondo.

Cuando hablamos de cambios, defendemos una reingeniería total del esquema educativo.

§         Que sea cada vez más descentralizado, que delegue poder de decisión y de gestión en la misma comunidad educativa, de modo tal, que puedan ser receptadas -en la medida de lo posible- las particularidades de cada región en la que se insertan estas escuelas públicas más autónomas.

§         Que se esfuerce por cumplir con ratios básicos como es, por ejemplo, la universalización de la preescolaridad para lograr el 100% de matrícula en preescolar y en el nivel inicial, primero en la sala de cuatro años, poniendo los jardines al alcance de tantos hogares pobres que hoy no pueden acceder a ellos.

§         Que avance hacia la doble escolaridad, para permitir que también los chicos más necesitados puedan desarrollar sus capacidades artísticas, deportivas, en idiomas, en ciencia y en computación en el ámbito escolar.

§         Que aproveche la infraestructura de las escuelas y universidades para brindar capacitación continúa en oficios, habilidades laborales, y cursos de perfeccionamiento, con un esquema de vinculación directa de los planes de desempleo con la capacitación para volver al trabajo.

§         Que incorpore las modernas tecnologías y la potencialidad de los medios masivos de comunicación para complementar la educación presencial tradicional

Para esto hace falta recursos. Argentina invierte apenas el 4% del PIB en educación, cultura y ciencia y técnica y sólo 2,6% en educación inicial, primaria y media, con una caída del 40% en términos reales respecto de años anteriores a la crisis del 2002. La agenda pendiente de la educación incluye, entonces, necesariamente un mayor esfuerzo económico.

Lo concreto, hoy, es que hay docentes en Córdoba pidiendo un sueldo digno. Padres y alumnos: apoyemos este reclamo. Los miembros de Primero la Gente lo estamos haciendo.

Por Sebastián García Díaz
Presidente de Primero la Gente