¿Cómo salvar a la Política?  

 

 
9. ¿ Qué es lo comunitario?

 

"Toda convivencia íntima, privada, excluidora, suele entenderse, según vemos como vida en comunidad. Sociedad significa vida pública, el mundo mismo...En la comunidad permanecen unidos a pesar de todos los factores tendientes a separarlos, mientras que en la sociedad permanecen esencialmente separados a pesar de todos los factores tendientes a su unificación."

Ferdinand Töennis. Comunidad y asociación.

 

Parece necesario dedicar una reflexión particular a profundizar en las características de lo comunitario, ya que -según afirmamos- es una de las novedades fundamentales del trabajo. En efecto, el propósito de los últimos capítulos fue una invitación a los diversos dirigentes de grupos comunitarios y también a sus miembros a interactuar en el ámbito de lo político -conjuntamente con los dirigentes sociales- en una nueva dimensión que "destraba", por decirlo así, la estructura política. Esa nueva dimensión es el ámbito de posibilidad.

Podríamos preguntarnos sin embargo -con un juego de palabras-: ¿Tiene posibilidades la interacción? En un mundo individualista -con estructuras individualistas y personas individualistas- la idea de una interacción política voluntaria con el entorno social y comunitario no deja de suscitar cierta incomodidad o perplejidad. No todos están dispuestos a sentarse a una posible mesa de concertación con un extraño sin saber quién es -ni cuáles son sus antecedentes ni sus ideas- y sin tener un marco legal que establezca claramente las competencias y las "posibilidades" de ese diálogo. Por mucho bien común que pueda surgir de las deliberaciones la ausencia de "garantías individualistas" genera una gran inseguridad y tememos que se vean condicionados nuestros derechos y se perjudiquen nuestros intereses.

Es esta realidad de desconfianza social producida por innumerables causas históricas, sociológicas, psicológicas -por nombrar sólo algunas- la que debe movilizarnos en busca de ámbitos sociales en los cuales todavía encontremos canales abiertos de comunicación interpersonal e intergrupal. Ambitos donde podamos generar una nueva base de legitimidad política, además de -y esto es lo más importante- una política eficaz dirigida al bien común.

En las sociedades contemporáneas los únicos ámbitos que mantienen estas condiciones son los grupos comunitarios. Ellos han resistido estoicamente los excesos de la modernidad y -aunque debilitados- todavía guardan una gran fortaleza.

1. ¿Qué es la comunidad?

Cuando hablamos de comunidad, no endiosamos un ente superior o independiente a los individuos que la conforman. Tampoco hacemos referencia a un ámbito que sea diferente del marco social.

En verdad, hemos rescatado el concepto de "comunidad" con afán teórico, para destacar en las relaciones interpersonales, no sólo aquellos vínculos racionales y utilitarios, sino también aquellos "lazos fuertes" que se establecen a nivel incluso sentimental; es decir en un plano que supera el estrictamente racional y consciente para integrarse en una dimensión vital mucho más profunda y a en algunos aspectos inexplicable.

En la idea de comunidad confluyen a su vez otros conceptos igual de enigmáticos como es el de "patria" y el concepto de "nación". Uno y otro se suman para configurar la idea de un grupo de personas reunidas por un pasado común -asumido como tal- y encaminadas hacia un fin común -también asumido como tal-.

Ferdinand Tönnies es uno de los autores pioneros en realizar una diferenciación sistemática entre comunidad y sociedad. Para hacerlo el pensador alemán se apoya en una distinción teórica entre dos tipos de voluntades. "La voluntad en la primera de las formas es la voluntad esencial o natural (wesenwille), bajo la forma segunda es una voluntad arbitraria, instrumental o racional (Kúrwille)" Más adelante concluye: "la comunidad es así, la personalidad de las voluntades naturales unidas, y la asociación -léase sociedad- la de las voluntades racionales unidas."

George Simmel, sin embargo, cuando reflexiona sobre "las grandes urbes y la vida del espíritu" parece invertir la distinción y manifiesta que la individualidad sólo se da en la comunidad -en la pequeña ciudad- y en cambio, en el ámbito de lo social los hombres nos vemos obligados por pautas sociales, roles y status que, en cierta medida, impiden una voluntad libre. En palabras de Max Weber en la sociedad los hombres estamos encerrados por una "jaula de hierro".

"Todas las relaciones anímicas entre personas se fundamentan en su individualidad, mientras que las relaciones conforme el entendimiento calculan con los hombres como con números, como con elementos en sí diferentes que sólo tienen interés por su prestación objetivamente sopesable; al igual que el urbanita calcula con sus proveedores y sus clientes, sus sirvientes y bastante a menudo con las personas de su círculo social, en contraposición con el carácter del círculo más pequeño, en el que el inevitable conocimiento de las individualidades produce del mismo modo inevitablemente una colaboración del comportamiento plena de sentimiento, un más allá de sopesar objetivo de prestación y contraprestación"

Ambos pensadores en realidad están analizando la cuestión desde diferentes ópticas y por eso surge una diferencia tan marcada. Ambos, sin embargo, brindan aportes interesantes que permitirán profundizar nuestra reflexión sobre la comunidad y la sociedad.

2. Nuestra visión de la comunidad

Para comprender nuestra noción de comunidad es necesario consignar primero que "la sociedad no es consistente a priori" sino que más bien "su consistencia es ética y la vigencia social de la ética no es un dato, sino un problema y por tanto, una tarea". Esto no contradice la adhesión a la tesis aristotélica sobre la naturalidad de la sociedad, puesto que ya quedó debidamente asentado que la afirmación de una base natural no impide confirmar la necesidad de un desarrollo cultural. Dicho desarrollo, en el fondo, es el desarrollo de su naturaleza potencial. La comunidad -tanto como lo sociedad- existe sólo en el momento en el que sus integrantes se deciden a entablar relaciones, no pasajeras, sino permanentes. En verdad la relación entre los individuos es lo único real y, sin embargo, las potencialidades de esa relación son infinitas.

La condición previa de tal desarrollo es un reconocimiento por parte de los miembros de la sociedad del carácter personal de los demás: ver en las otras personas, realmente a personas (valga la redundancia), es decir, seres humanos que comparten con uno la dignidad humana con todo lo que ello implica. De este modo sostenemos un concepto de comunidad que es armónico con la importancia de la individualidad, aunque -vale decirlo- no es una individualidad cerrada en sí misma, sino, por el contrario, abierta hacia los demás.

Sin embargo, el reconocimiento personal de los demás seres humanos que conviven con uno, no alcanza para conformar una comunidad. Esto porque falta aún el reconocimiento de un origen común y de un destino común.

Un japonés, un italiano, un peruano y un ruandés sentados en la misma sala de espera de un aeropuerto internacional no conforman una comunidad. Por muy respetuosos que sean de las identidades culturales de los demás e incluso por muy afables y predispuestos que puedan mostrarse para llevar adelante tal situación, no tenemos una conexión de sentido de la envergadura de una comunidad.

Ensayemos un ejercicio filosófico para analizar la comunidad a través de la categorización de las causas hecha por Aristóteles. ¿Cuál es la causa material de una comunidad? Sin duda es el conjunto de habitantes de una región determinada. Sobre esto podría decirse mucho pero no hace al objetivo de la reflexión. ¿Cuál es su causa eficiente? Aquí se inserta el concepto de patria -el lugar donde nacieron, vivieron y murieron nuestros padres- y todo el componente histórico que sirve de basamento a la integración comunitaria. Podríamos incluso -si somos creyentes- hablar de una decisión divina de crear ese pueblo en particular para cumplir con una misión en el plan de salvación, pero no entraremos aquí en cuestiones teológicas. ¿Cuál es su causa final? Con respecto a esta pregunta debemos distinguir dos fines: uno interno que hace a la plena realización de sus miembros -plena realización porque sólo en comunidad el hombre alcanza tal dimensión- y otro externo que hace referencia al aporte que ese pueblo está llamado a hacer en el contexto de las comunidades. En este sentido la comunidad puede convertirse en una nación.

Ahora bien: ¿Cuál es la causa formal de la comunidad? García Morente -en sus lecciones preliminares de filosofía- caracterizaba la causa formal planteada por Aristóteles del siguiente modo: "La causa formal es la idea de la cosa, la idea de la esencia de la cosa, la idea de lo que la cosa es, que antes que la cosa sea, está ya en la mente del artífice" ¿Cuál es la esencia de una comunidad? Cuestión tan complicada no puede ser respondida -gracias a Dios- de una vez y para siempre. Depende de lo que cada comunidad sea y quiera ser y pueda ser, y depende mucho también del "artífice".

Llegamos a donde queríamos: una comunidad no puede ser tal sin un proyecto político y sin un "artífice" responsable de dirigirlo, y de realizarlo. De este modo rechazamos cualquier teoría que pretenda anteponer la comunidad, la nación, la patria a lo político. No está antes, ni después; simplemente porque no existe una verdadera comunidad si el conjunto de personas no asume un proyecto político.

La cuestión, empero, no es tan sencilla. La reflexión que acabamos de realizar es lógica y filosóficamente correcta. Sin embargo cuando observamos el desarrollo histórico de una comunidad política ya no podemos distinguir entre su momento inicial, la influencia del factor político y la que tiene el elemento cultural que hace a la identidad de esa comunidad. Con esto quiero significar que una vez iniciado el camino de un pueblo -es decir un conjunto de habitantes hechos comunidad por su organización política- ni la política, ni la cultura puede arrogarse el privilegio de establecer el rumbo. Necesariamente deberán mantener una interacción y en determinados momentos soportar cierta tensión. Lo político generalmente demandará transformaciones y superación. La cultura comunitaria cuidará -con su espíritu más bien conservador- de que no se produzcan cambios bruscos que puedan romper la armonía comunitaria.

3. ¿Existe una comunidad?

El análisis que hicimos de la comunidad puede llevar a más de uno a preguntar: ¿Realmente existe alguna comunidad que cumpla todos estos requisitos? A todos ellos voy a agradecer la pregunta porque allanan el camino para sentar una "tesis fuerte".

En verdad son contadas con los dedos de las manos las comunidades que hoy en día cumplen con los requisitos para ser tales. Pueden existir grandes conjuntos comunitarios pero pocos de ellos coinciden con una organización política que les permita encauzar la energía multiplicada que producen las relaciones comunitarias.

En países como Estados Unidos existen comunidades raciales o religiosas pero en verdad no son tales, porque no se corresponden con un proyecto político y una organización política. En nuestro país también hay ejemplos pero tienen la misma falencia.

Al parecer, entonces, la comunidad como tal no es un presupuesto de las organizaciones políticas sino más bien un propósito final de las mismas. Aquel régimen político que pueda consolidar una comunidad cumplirá con uno de sus objetivos más excelsos. Mientras tanto, lo que existe es un conjunto de pequeñas organizaciones comunitarias que en muchos casos, pueden convivir en un mismo orden político y en algunos otros mantienen posturas irreconciliables con los demás grupos.

La inexistencia o, como en el caso de nuestros países, la debilidad de la comunidad política nos mueve a negar cualquier proyecto que trate de subordinar lo político a los supuestos dictados de la comunidad. En este sentido coincido con Alain Touraine cuando arremete contra lo que llamo conjuntos comunitarios -él les llama comunidad-:

"Es inútil volver aquí a la oposición clásica de la comunidad y la sociedad , elaborada por Tönnies y reinterpretada por Louis Dumont como la oposición entre sociedades holistas e individualistas puesto que ya casi no conocemos comunidades ‘tradicionales’. En cambio, puede hablarse de comunitarización cuando un movimiento cultural, o más corrientemente una fuerza política, crean, de manera voluntarista, una comunidad a través de la eliminación de quienes pertenecen a otra cultura u otra sociedad, o no aceptan el poder de la elite gobernante."

La verdadera comunidad es un comunidad política y como tal debe cumplir con todos los requisitos que hemos ido desarrollando a lo largo de las reflexiones. Debe aceptar -por ejemplo- la diferencia, porque lo político se sustenta en el pluralismo, aunque su régimen político no debe estructurarse sobre la base de la diferencia sino más bien sobre la base de la coincidencia.

Nuestro concepto de comunidad, en definitiva, dista mucho de aquel que pergenian algunas mentalidades conservadoras o reaccionarias que pretenden abolir la libertad personal en atención a un proyecto establecido "por la comunidad". De seguro no hará falta mayor examen para descubrir que tal proyecto en verdad no beneficia a todos sino sólo a un grupo dentro de esa "comunidad".

¿Es que acaso echamos por tierra, entonces, todas nuestras invocaciones a la comunidad? Si volvieran a leer detenidamente todas nuestras reflexiones advertirían claramente el modo en que hablamos de comunidad política a diferencia de nuestras invocaciones a la participación de los "grupos comunitarios". La diferencia es realmente sustancial.

4. Diferencia entre comunidad y grupos comunitarios

En nuestro país -para tomar un marco de referencia- no existe una comunidad política nacional y ni siquiera existen comunidades políticas provinciales. No voy a estudiar aquí -porque no es el lugar- si alguna vez existió, pero si puedo afirmar que hoy no existen tales comunidades. Sí existe un Estado, una Sociedad Civil -con características primitivas- y una población compuesta por individualidades que, en principio, aceptan una convivencia política y una cierta unidad. Incluso nuestra población comparte toda una serie de factores patrióticos: una historia común y una conciencia -mínima- de ese pasado compartido. Sin embargo falta lo más importante: un proyecto político común, un proyecto nacional, y un "artífice" legitimado para hacerlo realidad.

Ahora bien: en nuestra conformación social sí persiste un numero importante de grupos comunitarios entendidos éstos como grupos de personas que mantienen aquellos "vínculos fuertes" a los que hacíamos referencia al principio del capítulo.

La categoría de "grupo comunitario" es -vuelvo a subrayar- meramente teórica. Sirve para destacar fundamentalmente la forma en que se relacionan sus integrantes. Cuando un grupo de personas llega a desarrollar relaciones comunitarias entonces ese grupo a más de pertenecer a otras categorías como por ejemplo empresas comerciales, clubes, asociaciones, movimientos cívicos o unidades académicas será un grupo comunitario, capaz de aportar una experiencia social más profunda y más integral que los demás grupos en los cuales sólo se mantienen relaciones sociales. No es importante el modo en que se forjó ese grupo -si de manera natural, necesaria, espontánea o voluntaria-, tampoco su estructura ni su finalidad; lo específico es la entidad de la relación interperonal.

¿En qué consiste la experiencia comunitaria? Para entenderla y descubrir sus cualidades debemos comparar el modo en que las personas se relacionan en la sociedad civil contemporánea.

5. Las relaciones humanas en la sociedad civil contemporánea

La visión de Tönnies y de Simmel -que describimos más arriba-, aunque son diferentes, tienen en común un diagnóstico individualista de la sociedad civil. Aunque ellos no lo manifiesten de ese modo, a la luz de nuestras reflexiones podemos decir que ambos pensadores hacen referencia a dos caras de la misma moneda.

En la sociedad individualista, supuestamente el individuo "liberado" de la opresión de lo político -y también de lo comunitario- se manifiesta libremente en su relación con los demás. Esto significa que: 1- él decidirá con quién desea relacionarse, de qué forma, y hasta qué punto. 2- Por ende los demás no podrán avanzar sobre su intimidad más allá de lo que ese individuo acepte. Hasta aquí tendría razón Töennis. Sin embargo, esta aplicación irrestricta del principio de adhesión genera en la realidad -como consecuencia- una sociedad que debe establecer necesariamente ciertas pautas que permitan prever el comportamiento de agentes en cada específica circunstancia. En definitiva el hombre en la sociedad individualista deja de ser confiable como tal porque los criterios de su conducta se los dicta él mismo (sin mayor confrontación con la verdad). Por ello la confianza en el hombre se restringe al cumplimiento de un rol, de un status, de una función. Allí su comportamiento será previsible o al menos censurable en el caso que no cumpla con las expectativas que la sociedad deposita en esa función. Tal derivación es la que está consignada en el planteamiento de Simmel.

De este modo descubrimos en el seno de las sociedades contemporáneas la tensión que sufren las relaciones sociales entre las personas. Es la misma tensión que soporta el hombre en relación con esas posiciones rígidas. Sucede que dichas posiciones han sido abstraídas de tal forma de su sustrato subjetivo -es decir de las particularidades de la personalidad que ocupa esas posiciones- que terminan por asfixiar al hombre que las asume. Dicho de otro modo: los roles y las funciones de estos tipos se han homologado de tal forma que obligan al hombre -intrínsecamente único y diverso- a "alienarse" (para utilizar un término marxista) separando lo que es como hombre, y lo que debe ser según la función que cumple.

Para poder sobrevivir en la gran estructura de la sociedad civil, los hombres debemos contentarnos con asumir los tipos y cumplirlos lo mejor que podamos. De este modo nos convertimos en contribuyentes, en televidentes, en profesionales, en consumidores... pero en pocos o ninguno de esos nichos funcionales podemos canalizar toda nuestra humanidad. A lo más podemos ser personas, posición que -como se ha dicho- guarda también una cuota de abstracción y de fragmentación. En algunos ámbitos hasta puede que se nos permita ser buenas personas.

Los problemas y las derivaciones negativas de esta fragmentación son innumerables. Desde ya una gran desintegración social, no tanto en la apariencia -porque "en la apariencia el sistema funciona"- sino más bien en lo profundo, en lo personal y todavía más en lo espiritual. En este nivel por ejemplo surge un problema de particular importancia al que sólo podremos mencionar aunque no desarrollar: todos estas posiciones rígidas generan cada uno paradigmas éticos que en algunos casos llegan a ser contradictorios o antitéticos. Los hombres nos vemos obligados a fragmentar nuestra humanidad para ser buenos profesionales, buenos ciudadanos y buenos padres pero de la suma de todas estas "buenas" acciones no resulta -paradójicamente- un buen hombre o si se quiere, un hombre feliz..

La situación es decrita magistralmente por Richard Sennet:

"Actualmente, la vida pública también se ha transformado en una cuestión de obligación formal. La mayoría de los ciudadanos mantienen sus relaciones con el Estado dentro de un espíritu de resignada aquiesencia, pero esta debilidad pública tiene un alcance mucho más amplio que los asuntos políticos. La costumbre y los intercambios rituales con los extraños se perciben, en el mejor de los casos como formales y fríos y, en el peor de los casos, como falsos. El propio extraño representa una figura amenazadora y pocas personas pueden disfrutar plenamente en ese mundo de extraños: la ciudad cosmopolita. Una res pública se mantiene en general para aquellos vínculos de asociación y compromiso mutuo que existen entre personas que no se encuentran unidas por lazos de familia o de asociación íntima, se trata del vínculo de una multitud, de un "pueblo", de una política, más que de aquellos vínculos referidos a una familia o a un grupo de amigos."

Tenemos por tanto una sociedad civil en la que -a pesar del increíble avance de las comunicaciones- pareciera reinar una gran incomunicación. Vivimos, por designarlo de algún modo, la soledad de una "incomunicación comunicada". Una "muchedumbre solitaria" que se intercomunica a través de rígidos canales formales.

El fenómeno se manifiesta en innumerables aspectos de nuestra cultura. Por nombrar alguno: las inmensas plazas públicas y edificios de los últimos años, los cuales -a pesar del gran espacio y la funcionalidad- aparecen como lugares de paso. "Son espacios que pueden llegar a incomodar aún al más audaz, y mucho más si pretende sentarse en uno de esos bancos de acrílico colocado geométricamente en el medio de un gran playón de cemento frente a enormes construcciones de vidrio a través de los cuáles todo se puede ver, pero distante, como en una pantalla, sin que el que está adentro cruce palabra o comparta algún sentimiento con su vecino externo".

6. Las posibilidades que quedan

¿Qué puede hacer el hombre ante semejante panorama? Más allá del rígido esquema individualista al que nos somete la sociedad civil tenemos dos posibilidades: la primera es sumarse al contradictorio sistema y vivir la libertad entendida en términos individualistas allí donde queden "espacios"; o -la segunda- buscar ámbitos en donde poder desarrollar relaciones humanas íntegras.

En el primer caso, la persona cuando y donde se lo permitan profundizará la vocación individualista moderna de "hacer lo que cada uno quiera" aunque tal actitud lo lleve finalmente a una situación de mayor soledad y mayor infelicidad.

"Esto conduce a la individualización espiritual en sentido estricto de los atributos anímicos, a la que la ciudad da ocasión en relación a su tamaño. Una serie de causas saltan a la vista, en primer lugar, la dificultad para hacer valer la propia personalidad en la dimensión de la vida urbana. Allí donde el crecimiento cuantitativo de significación y energía llega a su límite, se acude a la singularidad cualitativa para así, por estimulación de la sensibilidad de la diferencia, ganar por sí, de algún modo, la consciencia del círculo social: lo que entonces conduce finalmente a las rarezas más tendenciosas, a las extravagancias específicamente urbanitas del ser-especial, del capricho, del preciosismo, cuyo sentido no residen en modo alguno en los contenidos de tales conductas, sino sólo en su forma de ser-diferentes, de destacar-se y, de este modo, hacerse-notar; para muchas naturalezas, al fin y al cabo, el único medio, por el rodeo sobre la consciencia del otro de salvar para sí alguna autoestimación y la consciencia de ocupar un sitio."

Es la opción por el relativismo que, al ser la elección mayoritaria de los actuales habitantes de las grandes ciudades produce ese gran defecto contemporáneo que es la anomía social; es decir, la perdida de un nomos; de reglas de orientación de las conductas.

Lo paradójico en esta opción es que a pesar de que la mayor parte de los comportamientos están rígidamente establecidos, hay una ausencia total de normas morales a las cuales el hombre -integralmente concebido- pueda aferrarse para conducirse en su relación con el todo: con la trascendencia, con sus semejantes y con el mundo que lo rodea.

En la segunda opción, en cambio, el hombre decide someterse no ya a rígidas reglas creadas por las estructuras a los efectos de lograr seguridad y previsibilidad, sino a las reglas éticas propias de una relación en la que dos o más personas van a respetarse en sus diferencias pero manifiestan el firme compromiso de compartir un destino común.

Esta elección no es absoluta y definitiva aunque existen personas que toman una decisión radical al respecto. Pero la mayoría de los "mortales" nos inclinamos por una o por otra según el caso, las circunstancias, las personas con las que vamos a compartir ciertas actividades y otras miles de razones y sinrazones... Cuando elegimos -con determinadas personas y grupos- la segunda opción hemos abierto las puertas para desarrollar "relaciones comunitarias". El ámbito puede ser cualquiera mientras exista una predisposición en tal sentido.

Un ejemplo puede ayudarnos a comprender: en una oficina pública dos empleados cumplen sus funciones; uno es jefe del otro aunque ambos pertenecen a un departamento que tiene a su vez un director. Uno y otro pueden cumplir con las obligaciones establecidas en la ley o en los estatutos y mantener una relación dentro de los estrictos parámetros ordenados por esas normas. Sin embargo, en los "espacios de discrecionalidad" que quedan abiertos entre ellas, cada uno puede comportarse de manera inmoral o sin mostrar mayor predisposición para entablar amistad o para cooperar aunque la acción exceda el marco requerido. Pueden trabajar juntos inclusive sin saber nada del otro más allá de los estrictamente profesional, sin compartir nada que no sea trabajo. Por el contrario pueden superar la relación laboral básica con una relación de amistad o de compañerismo que termine "abriendo los corazones" de cada uno para con el otro y compartir así toda su persona, incluso su intimidad.

Ya la actitud de predisposición a una relación comunitaria es superior o mejor para el individuo que la mantiene que una cerrazón al compromiso. Es decir, nos hará mejores personas y promoverá nuestro propio bien una conducta inspirada por una actitud amistosa aunque no recibamos la respuesta esperada de parte de nuestros interlocutores. Hay que aclarar, empero, que para hablar de una relación comunitaria se requieren al menos dos personas que mantengan esa actitud y la hayan manifestado con resultados positivos.

 

7. Grupos comunitarios típicos

Hemos repetido varias veces que cualquier grupo humano puede volverse un "grupo comunitario". Existen algunos que -en general- por su origen, por sus fines o por su dinámica fomentan las relaciones comunitarias en mayor medida y, por tanto, ante tales grupos podemos anticipar el desarrollo de un reconocimiento integral de sus miembros (que es lo mismo que hablar de relaciones comunitarias).

Es el caso de la familia -grupo comunitario por excelencia-, de los grupos de amigos, de los novios, de los miembros de una típica organización comunitaria de base en comunidades pequeñas luego de un tiempo de trabajo en equipo. También pueden forjarse relaciones comunitarias en la escuela, entre los maestros y autoridades respecto de los hijos y también respecto de los padres; las congregaciones religiosas y las actividades parroquiales, los clubes deportivos entre los integrantes de sus equipos permanentes, las asociaciones o cooperativas luego de una larga lista de acciones conjuntas; coros talleres, grupos de beneficencias, ONG..., colegios profesionales con mucha vida social, institutos académicos o de estudio e investigación... En definitiva ámbitos en el que la persona pueda presentarse integralmente (al menos en sus aspectos exteriorizables) compartiendo su identidad y su intimidad en la medida de las posibilidades, y superando -como dijimos- los rígidos parámetros utilitaristas y racionalistas.

Es importante destacar lo que recién insinuamos: la familia es uno de los grupos comunitarios paradigmáticos y por ello, todas las organizaciones que tengan una relación directa con la institución familiar -ya por sus objetivos o porque recepta la participación de sus integrantes en calidad de tales- de seguro mostrarán una solidez en sus relaciones comunitarias mucho mayor a las de otras organizaciones.

Ahora bien, A los efectos políticos ¿Qué cualidades tienen los grupos comunitarios que nos obliguen a otorgarles una participación especial? La pregunta es pertinente puesto que, por muy positivas que puedan resultar las relaciones comunitarias para los protagonistas de ese grupo podría ocurrir que hacia lo público el grupo mostrara un espíritu individualista exasperante o peor aún una vocación totalitaria.

Efectivamente, no vamos a negar que pueden existir grupos comunitarios con esas características negativas. Puede darse el caso de un grupo de activistas -entrañablemente amigos- que sin embargo compartan el objetivo de terminar con el Estado y que además realizan acciones violentas en tal sentido. O también grupos que sin llegar a tanto, funcionen en el ámbito público como verdaderos "lobbies" de sus intereses sectoriales. Por último existirán grupos comunitarios cuyo discurso público sea absolutamente individualista: "déjennos vivir en paz haciendo lo que querramos sin que nadie nos moleste".

Estos son los miedos de Alain Touraine, por ejemplo, que lo llevan a rechazar propuesta comunitaristas: "el retorno de las comunidades trae consigo el llamado a la homogeneidad, la pureza, la unidad, y la comunicación es reemplazada por la guerra entre quienes ofrecen sacrificios a dioses diferentes, apelan a tradiciones ajenas u oponen las unas a las otras, y a veces hasta se consideran biológicamente diferentes de los demás y superiores a ellos."

Conviene entonces que puntualice en que sentido creo que es conveniente convocar a los grupos comunitarios y en particular a sus dirigentes.

8. La interacción de los grupos comunitarios

La convocatoria a los grupos comunitarios a participar en el ágora política no debe ser tomada como una propuesta de representación de estos sectores. De ser así estaríamos repitiendo los modelos fascistas y corporativitas. Pero no fue ésa la propuesta del anterior capítulo.

Por el contrario la idea es que los dirigentes naturales de estos grupos comunitarios tengan abiertos canales de interacción en la estructura política fundamentalmente en el nuevo ámbito de posibilidad. No creo que sea conveniente -al menos por ahora- que dichos dirigentes intervengan en las sanciones de las leyes del Estado por dar un caso o, en general, en las estructuras republicanas.

El ámbito de posibilidad -sumado al concepto de la autoridad como potestas y como diálogo- resultan verdaderos "filtros" para ideas o ideales políticos que no cumplan con los criterios que apuntáramos en el primer capítulo, sobre todo con el criterio de racionalidad. Como los proyectos y la forma de ejecutarlos debe surgir del entendimiento y del consenso entre los diversos dirigentes es difícil que los demás acepten una propuesta descabellada o totalitaria, o que se incline claramente hacia el beneficio de un sector en detrimento de otro. Al ser un diálogo desprovisto de los excesivos mecanismos legales y procedimentales que regulan el debate institucionalizado en las estructuras políticas tradicionales aquí juega un papel trascendental la legitimidad del proyecto en cuestión.

De este modo, aunque no sea una fórmula de éxito garantizado, es probable que los resultados de la interacción entre los dirigentes sea en la mayoría de los casos un proyecto de bien común. Puede ocurrir que nunca lleguen a un acuerdo y que la interacción por tanto no arroje mayores resultados. Pero si lo hace -luego de haber pasado el "filtro político" sugerido- podemos fiarnos que el proyecto tiene buenas intenciones.

Por otra parte hay una cuestión fundamental que no podemos pasar por alto. En el seno de estos grupos comunitarios y al calor de sus respectivas experiencias cotidianas se forjan virtudes de toda índole, muchas de las cuales son las que faltan y las que necesita la sociedad civil y la política.

9. Las virtudes en las prácticas de los grupos comunitarios

En las relaciones comunitarias, aparecen valores y conductas que exceden ampliamente los criterios utilitaristas de la dinámica de la Sociedad Civil. Desde ya se da un respeto natural -mayor o menor según el caso- hacia los dirigentes naturales y personas que deben tomar decisiones. Sobre este punto ya nos detuvimos a reflexionar en el capítulo anterior.

Pero no se agota allí el aporte de los grupos comunitarios. Por el contrario existen ciertas virtudes que surgen de las prácticas concretas de dichos grupos y que también deben ser receptadas en el ámbito político a través del ámbito de posibilidad. De lo contrario, si sólo llamamos a los dirigentes comunitarios para ganarnos su legitimidad pero impedimos que transmitan los valores y las inquietudes propias de su grupo, en verdad estaríamos "usando" a esos líderes con todos los aspectos negativos que puede traer aparejado tal acción política.

Las "prácticas" comunitarias donde se forjan virtudes positivas para la realización del hombre y positivas también para el desarrollo del bien común, pueden ser definidas del modo en que lo hace el pensador MacIntyre. Para él, una práctica es:

"...toda forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, socialmente establecida, mediante la cual se consiguen los bienes internos a la misma, mientras se intenta alcanzar las pautas de excelencia propias de esas forma de actividad y que, en parte, la definen, con el resultado de extender sistemáticamente la capacidad humana de lograr la excelencia y las concepciones humanas de los fines y los bienes que implica"

La definición puede confundirnos por su complejidad pero con unos ejemplos podremos entender perfectamente de qué estamos hablando. Para MacIntyre saber lanzar con destreza un balón no es una práctica pero sí lo es el fútbol. Plantar un nabo no es una práctica, la agricultura sí.

En definitiva hay un conjunto de criterios, de inquietudes, de aptitudes y de actitudes -adviértase las sutiles pero importantes diferencias entre estos conceptos- que en el marco de un grupo particular forjarán a sus miembros en el desarrollo de un práctica que permitirá una superación. Pero una práctica no se agota sólo con las condiciones personales de aquellos que la practican. Supone además ciertos modelos de excelencia y una cierta predisposición -incluso una cierta obediencia a esos modelos-. En general, entrar en una práctica es aceptar mi carácter de "iniciado" y como consecuencia, la autoridad de esos modelos y la autoridad de quien los "modela" aunque luego con el correr del tiempo pueda superarlos o rebelarme contra ellos. Como señala el mismo MacIntyre:

"si, al comenzar a escuchar música, no admito mi propia incapacidad para juzgar correctamente, nunca aprenderé a escuchar, para no hablar de llegar a apreciar los últimos cuartetos de Bartok. Si al empezar a jugar al béisbol no admito que los demás sepan mejor que yo cuándo lanzar una pelota rápida, y cuando no, nunca aprenderé a apreciar un buen lanzamiento y menos a lanzar. En el dominio de la práctica, la autoridad tanto de los bienes como de los modelos opera de tal modo que impide cualquier análisis subjetivista y emotivista"

Ahora bien: ¿Qué tiene que ver este concepto de práctica con la experiencia de los grupos comunitarios? Al parecer si el fútbol -por tomar un caso- es una práctica que tiene pautas propias nada tendrían para aportar estos grupos a esa práctica.

Sin embargo, si agudizamos nuestra capacidad de análisis descubriremos que las prácticas sólo puede ser forjadas en el seno de grupos humanos acotados que encarnan los bienes y las virtudes que hacen a esa práctica. Más aún: la práctica de los grupos comunitarios será el factor dinámico de "la" práctica, le dará vida y le aportará nuevas experiencias y nuevos modelos perfeccionados con respecto a los heredados del pasado.

Un ejemplo nos ayudará a comprender. Pongamos por caso el deporte del fútbol. Todo indica que estamos frente a una práctica de larga tradición compuesta por una serie de reglas institucionalizadas sobre el modo de jugar; también ciertos bienes reconocidos por aquellos que participan del deporte y por la comunidad en general -ejercicio físico, dominio del cuerpo frente a situaciones límites, capacidad para trabajar en equipo, etc.- Tal es el grado de desarrollo de esta práctica que podemos establecer lo que es jugar "bien" al fútbol, y lo que es un buen jugador o un buen equipo. Nada de esto sería posible, empero, si no existieran verdaderos clubes y equipos de fútbol que encarnaran dicha práctica y trataran de superar los niveles de perfección logrados.

Es en el seno de los "grupos comunitarios" donde las personas que los integran pueden valerse de la tradición de esa práctica para alcanzar ciertos bienes específicos que de otro modo no conseguirían. Por supuesto pueden ir ocasionalmente a jugar un partido y hacerlo bien, aunque podemos estar seguros que no recibirán todo el bien que podría aportar el desarrollo constante de tal práctica.

Tal vez sea bueno diferenciar -a esta altura- en la experiencia de un grupo comunitario aquel conjunto de virtudes que son comunes a otros grupos de aquel otro forjado a la luz de la práctica más importante que los nuclea. Igual distinción puede realizarse con los bienes que realizan sus integrantes a través de las prácticas y los valores y criterios que rigen sus relaciones.

La virtud de ser una persona honesta puede ser aprendida en diversos grupos, la virtud de saber trabajar en equipo sólo en aquellos en donde las actividades se desarrollen con tal dinámica. La fama o el dinero puedo conseguirlo jugando al fútbol o desarrollando un proyecto comercial exitoso. Pero existen ciertos bienes que no pueden ser obtenidos si no se participa en ciertos grupos determinados. Por último existen valores y criterios para relacionarnos con los demás que aparecen en diversos grupos como por ejemplo "el amor". Sin embargo, no podemos negar que en determinados grupos -como la familia- dicho valor está más desarrollado que en otros.

No es posible agotar aquí toda las derivaciones en esta relación entre "la" práctica y la experiencia particular de esa práctica en el marco de un grupo específico. "La" práctica nos brinda homogeneidad y previsibilidad, los grupos le imprimen la necesaria diversidad. Sin embargo, también pueden desvirtuar los bienes internos a las prácticas con disvalores como la codicia o la intolerancia hacia grupos semejantes. Un equipo de fútbol puede ser la representación de un grupo de deportistas virtuosos o, por el contrario, una banda de drogadictos y mafiosos...

10. Aportes de los grupos comunitarios a lo político

Los aportes que puede producir la participación de los grupos comunitarios en lo político -en particular la participación comprometida de sus dirigentes- son infinitos y no pueden ser numerados en una lista. La razón es obvia: depende de las especiales características de los grupos que se atrevan a asumir el desafío.

Sin embargo, en el marco teórico de nuestras reflexiones, podemos rescatar tres que son comunes a toda experiencia comunitaria y que tal vez -no lo sé- resulten los aportes más valiosos para lo político.

El primer aporte es el ofrecimiento a las fragmentadas sociedades de hoy de ámbitos que predisponen a las personas para una deliberación pública.

En el capítulo respectivo dejamos en claro que para lograr una verdadera deliberación pública es necesario cumplir ciertos requisitos. A la luz de esas condiciones digamos como regla -que admite por supuesto excepciones- que los grupos comunitarios no pueden recrear una deliberación pública por la unidad presupuesta de sus prácticas constitutivas. Parece difícil -en efecto- que en el seno de un grupo comunitario se recree la diversidad y la tensión propia del pluralismo político.

Sin embargo, el grupo comunitario puede consolidar las bases para generar una deliberación pública auténtica o una que se asemeje. Esto por las características propias de sus prácticas. En el seno de los grupos se templa el carácter de sus integrantes en sentimientos como la fraternidad, la armonía de mis intereses con los del grupo, la predisposición al diálogo y al consenso, el respeto por las cualidades diversas de los demás integrantes, el perdón, el valor de la promesa... La deliberación en tales grupos lograr equilibrar -en teoría- los criterios racionalistas y utilitaristas con aquellos otros que surgen de la experiencia, de la prudencia, e incluso con las "razones del corazón que la razón no entiende".

El aporte descrito es mayor en el caso de los dirigentes comunitarios. Todos ellos, acostumbrados a la responsabilidad de guiar a su grupo en la prudencia y lograr acciones consensuadas, pueden entablar -llegado el caso- un diálogo más fecundo en términos de consenso y en términos de eficacia con los demás dirigentes.

Pero esta potencialidad merece ciertas matizaciones. La mayor predisposición de los dirigentes para una deliberación pública tienen como contrapartida un peligro: que todos estos dirigentes sólo intenten defender sus intereses sectoriales frente a los demás, es decir, que tomen la invitación a participar en lo político, como una invitación a "representar" a su grupo frente a los otros. Y -ya lo advertimos- no es la idea. Este es un peligro real que puede frustrar cualquier iniciativa de interacción.

El segundo gran aporte es una característica propia de los grupos comunitarios. En muchos ámbitos de la política y de la sociedad civil -no es el momento de discutir si por un defecto añadido o estructural- las prácticas se asemejan a un "juego de suma cero". Esto es: si uno gana o se enriquece es porque otro pierde o se empobrece. Es el caso de algunas actividades profesionales o del éxito de un empresario o de un político (por nombrar algunos ejemplos): si unos logran mayor riqueza, fama o poder es sobre la base de que no todos pueden compartir esos logros. En cambio en la experiencia comunitaria -en principio- se compite en excelencia pero es típico de estas organizaciones humanas que los logros resultan un bien para todo el grupo que participa en la práctica.

Si en un grupo de ayuda a los discapacitados -para dar un caso- uno de los integrantes descubre un método más eficaz para desarrollar dicha ayuda, él recibirá reconocimiento y prestigio, pero lo más importante es que todo el grupo se beneficiará de su descubrimiento.

No estoy diciendo que en el ámbito de la sociedad, de la política o de la empresa nunca se de una acción de bien que sea extensible al grupo o a la comunidad toda. Lo que quiero significar es que estas acciones no son tan comunes como en la dinámica comunitaria. Incluso me atrevo a sugerir -aunque no quiero entrar en polémicas- que en un porcentaje alto de casos en los que se den acciones con este sustrato en la esfera de la sociedad civil podremos descubrir por detrás -de seguro- una apoyatura comunitaria.

Lo que es indiscutible es que este tipo de experiencias comunitarias son el caldo de cultivo para una verdadera vocación pública que debiera guiarse por criterios similares y no por criterios utilitaristas. Lo público -de más está decirlo- debe tener vocación inclusiva y no una vocación exclusiva como la que por momentos presenta en nuestros días.

El último aporte está íntimamente relacionado con el anterior. Hace referencia a la especial concepción de la igualdad que inspira a los miembros de los grupos comunitarios en cuanto tales. Digo "en cuanto tales" porque esas mismas personas en otras organizaciones pueden mantener -de modo consciente o inconsciente- concepciones diferentes e incluso antagónicas sobre cuales son los criterios de justicia que debe regirlos. Pero en los ámbitos comunitarios aceptan un principio humanizado y flexible de la igualdad. En verdad, más que un principio rígido, lo que hay es una serie de pautas que en cada específica circunstancia ayudan a combinar el amor -o la amistad- con la idea de mérito y también con la idea de equilibrio en la comparación.

Veamos como ejemplo el caso de una familia. El padre no destinará los ahorros producidos por su trabajo sobre la base de un criterio fijo: "a cada uno según su mérito" o "según su necesidad". En cada situación valorará las circunstancias específicas, las necesidad de cada uno de sus hijos, el mérito, las posibilidades, y de ese modo establecerá la fórmula de equidad. Una fórmula que analizada a la luz de los rígidas categorías del pensamiento político podría resultar intolerable y sin embargo, posee la cualidad de tratar a los iguales como distintos y a los distintos como iguales.

Visto desde otro punto de vista -desde la visión de los afectados por las decisiones comunitarias- la experiencia de estos grupos también aporta un espíritu más mesurado para aceptar ciertas situaciones que pueden perjudicar a algunos pero que benefician al mismo grupo o a otras personas cuyos problemas -en ese momento- tienen prioridad. En realidad existe una tensión que es positiva: la disposición del afectado a aceptar esa "desigualdad" con tranquilidad, confiando en los dirigentes y la inquietud de los responsables por superar lo antes posible ese estadio para bienestar de aquel.

Las lecciones que aprendemos en los ámbitos comunitarios para aceptar diferencias transitorias y sacrificarnos por el grupo muy lejos de probar que estamos ante "estructuras sutiles de dominación" ratifica la importancia de estos grupos comunitarios como verdaderas "escuelas de vida" y en lo que a nosotros atañe como "escuelas de convivencia política".

11. Desde lo comunitario: una nueva visión de la ciudadanía

Antes de terminar el capítulo creo importante dedicar unos párrafos a reflexionar sobre la incidencia de todas nuestras conclusiones en el concepto de ciudadanía. En verdad me gustaría desarrollar a fondo el tema pues resume a nivel individual todo lo dicho en el análisis político; pero no quiero extender más esta obra en atención a la claridad y a la incidencia de su mensaje.

En varios pasajes hemos rechazado el concepto de ciudadanía que construyó el pensamiento individualista por resultar abstracto y superficial. A esta altura -empero- ya podemos recuperar un concepto tan paradigmático e incluirle entre sus caracteres esenciales algunos elementos dejados de lado por la modernidad.

¿Qué significa la ciudadanía para nosostros? El concepto no puede tener otro sentido que designar nuestra relación con la comunidad (esa comunidad realizada para los que tienen la suerte de vivir en una o en proceso de construcción para la mayoría de nosotros). De este modo la ciudadanía se vincula íntimamente ya no sólo a la idea de derechos individuales sino también a la noción de vínculo con una comunidad particular.

Comencemos por destacar el valor que hemos dado a lo largo del trabajo a la acción política de las personas por encima de las previsiones -y las abstracciones- de las estructuras. Como bien señala Habermas "las instituciones de la libertad constitucional no son más valiosas que lo que la ciudadanía haga de ellas". En definitiva nuestra propuesta asienta fundamentalemnte sobre una actitutd ética de los protagonistas de lo política antes que en una tarea de "reingenieria política".

Más aún: según lo dicho la idea de ciudadanía no debe incluir una visión unitaria del modo de ser de los hombres sino por el contrario, enriquecerse de las diferencias y las variedades que propongan sus titulares. Tal vez haya sido ese el principal error que llevó a desprestigiar el concepto integral -y republicano- de ciudadanía: sirvió a más de uno para aplastar con una visión unitaria la inmensa variedad que resulta de la experiencia humana. ¿Acaso es necesario que todos hablemos un solo idioma para que nos sintamos miembros de una comunidad? ¿Acaso debemos profesar la misma religión? ¿Acaso debemos pensar lo mismo sobre los grandes temas del hombre y de la sociedad? De ninguna manera. La idea de ciudadanía tanto como la idea de comunidad son paradigmas que deben construirse y no proyectos que deben imponerse.

De este modo llegamos al final del capítulo con una firme convicción: la batalla por "salvar a la política" no va a librarse en las estructuras ni en los grupos comunitarios y ni siquiera en las nuevas organizaciones que institucionalicen la interacción de los nuevos dirigentes. En verdad es una batalla que debe ser librada en el corazón de cada uno de los ciudadanos, porque sólo de ellos depende superar el desafío.

12. Epílogo

Llegamos así al final de nuestro periplo filosófico. Espero haber podido transmitir las ideas fundamentales de una teoría que -como advirtiera en la introducción- aún se encuentra en etapa de elaboración. Han quedado dos deudas importantes: la primera es un capítulo especial que recoja las principales objeciones a este modo de ver la política y a mi propuesta de "cómo salvarla". Aunque prometí el capítulo en varios pasajes, al releer luego todo el trabajo creí importante dejar la tarea para más adelante al advertir la infinidad de cuestiones que pueden llegar a suscitar debate. Me comprometo entonces a cumplir lo prometido una vez decantadas las críticas y los aportes que reciba luego de la publicación.

La segunda deuda es una reflexión particular sobre la formación de los dirigentes públicos que también insinué en distintos lugares. En este caso, la "excusa" es distinta: Es tan importante y tan prioritario el tópico -casi podría decirse que de él depende el exito de toda la teoría de la interación comunitaria- que he preferido embarcarme en el proyecto de publicar un trabajo especial sobre el tópico. Sin embargo transcribo en los apéndicees que siguen dos artículos que pueden brindarnos algunas pautas.

Para terminar, dejo sentada mi vocación de encarar la difícil tarea de largo plazo de instrumentalizar las ideas filosóficas que aquí se han expuesto buscando fórmulas políticas acertadas para actualizarlas.