¿Obligación moral de hacer política?

Por Dr. Ricardo Rovira Reich

Hace dos días un buen amigo mío -padre de siete hijos- vió que su niña de tres años salía de la habitación. Pensó que podía ser peligroso dejarla sola -se dirigía hacia la escalera- pero inmediatamente pensó también que había bastante personas en la casa: algún hermano mayor, su madre, alguien...se tropezaría con ella y tomaría alguna providencia si fuera necesario. Siguió concentrado en lo que estaba haciendo. Un minuto después hubo gritos, portazos...Bajó rápidamente: en la calle su hija estaba... bajo las ruedas de un autobús! . No se sabe cómo esa criaturita pudo llegar hasta allí. Gracias a Dios Carolina no ha muerto. Aún es demasiado pronto para saber cómo quedará. Lo que sí es seguro -conociendo a mi amigo- que las circunstancias difícilmente van a volver a sorprenderle: jamás va a volver a tranquilizarse pensando "otros lo harán".

1. Redescubriendo lo obvio.

Todos tenemos derecho a participar en la gestión de lo que es de todos. No existen círculos restringidos, privilegiados, de iniciados que tengan más derechos que otros a ocuparse de la administración del patrimonio común. Es público el poder cuidar del Bien Público. Cuando se fraguó la Independencia Americana en estos pueblos comenzó a repetirse con deleite: "Cualquier criatura que nace en estas tierras un día podrá ocupar la más alta Magistratura de la Nación".

Lo Común nos afecta a todos. La gestión de lo público puede tener alto efecto multiplicativo. Al incidir en cada uno de los ciudadanos, ninguno de estos debería desentenderse de lo que le compete e implica. Pero como todos no podemos participar en todo, hay algunos que se ofrecen a prestar este servicio; se especializan y adquieren especial competencia. Algunos incluso harán una profesión de la dedicación a lo general, a lo público.

Quienes administran lo común han recibido una delegación por parte de los demás. Deben ser merecedores de una especial confianza: a) porque nos afecta a todos, b)porque por su amplitud y actual complejidad -dada también la amplia dimensión de lo público- no es fácil la verificación de la fidelidad en ese cometido, y c) porque el daño no lo pagará sólo quien gestiona sino que lo pagaremos -no sólo económicamente- entre todos.

Aunque conceptualmente es una noble actividad -dada también la amplitud de sus fines- conocemos bien todos el desprestigio que esta profesión tiene actualmente aquí y en muchas otras naciones, y ha tenido en determinados momentos históricos. Falta de capacidad, aprovechamiento en beneficio propio, falta de veracidad, uso y manipulación de las personas, especulación con las esperanzas y expectativas de los demás, eterno relegamiento de los más débiles o con menor fuerza de negociación... son algunos de los motivos que recurrentemente han alimentado la frustración, el desprecio hacia lo público, un sordo resentimiento en todos los estratos sociales, sin terminar de atisbar un agujero de luz que nos marque una salida. La defensa, el desquite, es volver la espalda, desinteresarse, criticar destempladamente a los políticos, aborrecer esa actividad donde nos parece descubrir mafiosos y aprovechados por todos los rincones. Hasta aquí un tópico lo que venimos diciendo, como lo es casi el chiste ad hoc , que manifiesta también la abundante picaresca en torno al tema: "la política es algo tan malo, que cuando algo tan bueno, tan bueno como una madre, cuando es madre-política...se convierte en suegra!".

2. Situación sobrediagnosticada

Ese desprestigio no perjudica solo a los políticos profesionales sino que nos vuelve a afectar a todos, ya que provoca el ausentismo de los mejores del quehacer público. Una amplia mayoría de los estudios históricos, sociológicos, económicos que se han volcado en intentar comprender cómo es posible que sobre una base física y humana tan rica como tienen los países de esta Región, sin embargo sigan persisistiendo estados de postración tan notables arriban a un primer diagnóstico unánime: una recurrencia histórica en la incapacidad técnica y moral de nuestros dirigentes. Suele ocupar el primer lugar en el ranking de culpables .

Hoy en día hay una nueva especial perversión: la utilización de lo ético como banderín de enganche político. Pero es un ardid más. No hay voluntad seria de un replanteo en orden a los fines. Se detecta la insatisfacción y se vuelven a manipular las personas y "el último ideal que quedaba". Se quema esa bandera distintiva de los mejores. Se acaba con el último cartucho que podía hacer ganar la última batalla. Electoralmente todas las promesas están desgastadas.

3. ¿Hay solución?

También parece obvia. Se desprende sola del unánime diagnóstico. Todos hablan de ella, pero una observación un poco -no hace falta demasiado- atenta lleva a detectar que nadie hace nada. O casi nadie.

Hemos comenzado hablando del derecho a intervenir. Ahora, vista la situación, ¿puede hablarse de una obligación moral de intervenir? ¿Quienes tendrían en primer lugar ese deber, en caso de respuesta afirmativa?

Cuando uno se enfrenta con las consecuencias de una omisión, y las sufre en carne propia, no hacen falta demasiados razonamientos para captar la urgente responsabilidad de intervenir, sin esperar a que alguien te demuestre la maldad del pecado de omisión. Al padre de Carolina nadie le tiene que explicar ya nada... Descargar nuestra responsabilidad en los otros es hacer una vez más lo del avestruz. Hay que ocupar espacios de responsabilidad: "¡la audacia de los malos es la cobardía de los buenos!".

Si -excluídas las dramatizaciones efectistas- la barca común amenaza hundirse TODOS tienen obligación moral de salvarse y salvar a los demás. Primero habrían de intentarlo los más aptos, los más fuertes. ¿Quiénes son?

4. Un primer perfil de quien tiene obligación moral de ser dirigente público.

Quien tiene experiencia, quien conoce el oficio. Quien se siente con vocación, con ganas, con condiciones. Quien tiene una situación en la vida de relativo alivio de otras obligaciones morales próximas, inmediatas, urgentes. Quien ha recibido una mejor formación gracias a su familia o al todo social... Ya se va perfilando un tipo humano de quien ante la severidad del diagnóstico debe sentir la urgencia de ponerse al servicio de los demás, entregando lo que es, lo que tiene, lo que sabe y lo que puede; manteniendo a la vez la serenidad, la objetividad, el conocimiento de las propias limitaciones que hacen detestar cualquier idea de mesianismo personal.

Una persona joven, con lo que ello supone de tiempo por delante y de energías para el trabajo. Quien está buscando dar una orientación de dedicación futura a su vida. No teniendo inmediatas y urgentes obligaciones familiares o de otro tipo que cumplir. Con el acceso a los bienes superiores de la cultura y la visión general de la vida que puede ofrecer la formación universitaria. Este tipo de situaciones personales va configurando quien debe sentirse en conciencia comprometido con el servicio a los demás a través de lo público.

La persona joven además de su propensión a la generosidad, el necesario optimismo y alegría para emprender el bien arduo, tiene más facilidad para poseer el descaro de asumir el riesgo de la actual impopularidad de ese oficio hasta poder demostrar con los hechos su grandeza. Junto a ese desprendimiento del propio prestigio -más difícil para el padre de familia "más instalado" socialmente- necesita ese fuego sagrado del desprendimiento del propio yo, que le lleve a evitar el riesgo tan frecuente en la vida política de la auto-afirmación; encarar su existencia con el alto contenido del servicio de gran efecto multiplicativo a los demás. Para ello, contrariando la propia inclinación natural, hace falta una suerte de formación ascética. Emparentado con el ascetismo estará también la sobriedad necesaria: por ejemplaridad social, y por necesidad: un joven necesita menos para vivir, y los sueldos públicos seguirán siendo magros por mucho tiempo para quien no busca otro tipo de "compensaciones" monetarias.

Luego vendrá la idoneidad técnica, que se consigue con el estudio serio, perseverante, buscando junto a una visión completa de los problemas una especialización en algunos de los campos en que se divide el servicio público. Quien tiene un activo profesional propio y específico, accede a un cargo público no solamente teniendo algo bien concreto que aportar, sino con la libertad interior de no tener que aferrarse a ese puesto para sobrevivir dignamente.

Aunque sea hoy moneda manoseada sigue existiendo la necesidad de idoneidad ética. No se logra con declamaciones, ni siquiera con un recto voluntarismo. Supone toda una ardua educación de la mente, del corazón, del propio espíritu. Es ir enderezando todos nuestros actos en orden a los auténticos fines. Será de gran ayuda la familiariedad con la vida y el pensamiento de los clásicos. Incluye mucho estudio personal de temas concretos. Una actitud estructural de rectitud de fondo junto a un enérgico entrenamiento en las virtudes ayuda a resistir el tirón de las pasiones, y la seducción de las razonadas sinrazones.

5. Algunas conclusiones

Sin agotar el tema ya vemos que concurren: vocación; idoneidad personal- hay que tener condiciones y virtudes políticas -; preparación específica: capacidad de gestión, visión general de los problemas, cultura histórica, experiencia...Pero quizás por encima: rectitud de intención y mucha determinación en la propia mente y en la voluntad.

"La Universidad no puede contentarse con formar personas que luego consuman egoístamente los beneficios alcanzados con unos años de esfuerzo, sino que continuamente estará intentando transformar -mejorándola- la sociedad a la que pertenece". Es más o menos el ideal que intuímos debe resonar continuamente dentro de quienes queremos ser genuinos universitarios y no hemos acudido a las aulas del Alma Mater simplemente para conseguir después un mejor empleo. La condición de joven y universitario compromete. Para algunos compromete tanto que sienten la obligación moral de aportar todos los recursos personales en la contribución a la solución de los problemas públicos. Para muchos, desentenderse es un pecado de omisión. Y siguiendo con terminología teológica utilizada por el Concilio Vaticano II:"la acción política puede entenderse en ocasiones como un ejercicio heroico de la virtud de la Caridad".

Por eso atendiendo a las particulares condiciones personales, históricas, y a las privilegiadas características locales donde ha surgido CIVILITAS he insistido tanto a los jóvenes de esa Institución en que deberían pensar, cara a ese compromiso político, en algo que a fuerza de repetirlo algunos ya lo han tomado como un slogan casi jocoso, pero insisto en que una vez más lo piensen:

"Si no somos nosotros, ¿quiénes? Si no es aquí, ¿dónde? Si no es ahora, ¿cuándo?"

Reflexión del Dr. Ricardo Rovira Reich en un curso de formación de dirigentes de Civilitas.

Dr. Ricardo Rovira