Defendamos las instituciones

 

La república
sigue perdida.


Lo público es la condición de lo privado. Es previo en el orden ontológico y también en el orden práctico, y como tal es superior a lo privado, que se constituye en referencia a él.

Hannah Arendt, en La Condición Humana, tiene una reflexión acertada en este sentido: "Hemos dejado de pensar primordialmente en privación, cuando usamos la palabra ‘privado’, y esto se debe parcialmente al enorme enriquecimiento de la esfera privada, a través del individualismo moderno".

Ha sido la influencia de ese individualismo el que nos ha hecho ver como natural la idea que es previo “lo mío” antes que “lo de todos”. Pero la realidad es que los hombres no podemos convivir sin un marco público que a su vez reconozca lo que permanecerá en la esfera individual, en donde el Estado estará "privado" de actuar.

Nuevamente Hannah Arendt: "La esfera pública, nos junta y no obstante impide que caigamos uno sobre otro, por decirlo así. Lo que hace tan difícil de soportar a la sociedad de masas, no es el número de personas, sino el hecho de que entre ellas el mundo ha perdido su poder para agruparlas, relacionarlas y separarlas".

Desde muy chicos nos han mentido. Nos enseñaron que los ciudadanos primero dejamos bien en claro qué derechos queríamos resguardar en la esfera privada y con lo restante se configuraba el espacio político. Así las constituciones y el sistema republicano aparecían como garantías de nuestro individualismo. Puestos nuestros derechos sobre el papel, entonces “que otro se encargue del bien común pues yo ya tengo mi privacidad garantizada”.

La realidad demuestra que no es así: el sistema republicano en realidad es la condición para nuestra realización, la base de bien común que necesita nuestro bien individual. Con reglas claras –reglas republicanas- entonces yo puedo participar de lo público y eso me hace mejor persona. En definitiva: “nadie se salva sólo”.

Esto que pareciera pura teoría, se está convirtiendo en una lección dramática para los argentinos. En todos estos años hemos sido especialmente adeptos a creer que, dada la enorme lista de necesidades básicas insatisfechas, es justificable permitir al gobernante que abuse de lo público porque en definitiva es “lo que sobra”, lo que no me afecta. “No me interesa la política” seguimos diciendo hasta el día de hoy, casi con orgullo.

Llegó Kirchner, heredero de Duhalde, y al principio resultó mucho más dinámico un gobernante que no se defina, sino que más bien vaya tomando las decisiones sobre la marcha, viendo en cada caso el margen de maniobra que se iba configurando. De alguna manera negociamos “república” a cambio de un nuevo caudillo que nos sacara rápido de la crisis. Se callaron las cacerolas cuando volvió a escucharse el ruido de las monedas en nuestro bolsillo.

Cuando Kirchner avasalló a los acreedores de la deuda externa, cuando demoró la renegociación con las empresas de servicios públicos privatizados, cuando desplantó a varios mandatarios, cuando amenazó a empresarios, a militares, a la Iglesia, y los sectores que insinuaron una oposición a sus medidas, no nos inmutamos. La república fue violada durante todo este tiempo, pero “ella no es ni mi esposa, ni mi hija, ni mi madre, ni mi hermana. Que hagan con ella lo que quieran.”

Ingenuos nosotros, en un punto otra vez el supuesto “salvador” se volvió en nuestra contra y comenzó a vulnerar derechos tradicionalmente reconocidos como “míos” (el derecho de propiedad, el de expresarse libremente o el de no ser confiscado por impuestos excesivos, el de comerciar).

Si hoy Kirchner nacionalizara las empresas, si realizara una reforma agraria y repartiera las propiedades en forma masiva con decretos de necesidad y urgencia, si decidiera (como lo ha hecho) que casi todos puedan jubilarse, aún con nulos aportes, gracias a una moratoria que tiene una operatoria vergonzosa, si decidiera que ya no se exportará no sólo carne sino ningún producto de la canasta básica (ni siquiera aceite o caramelos), si el piquete está vez no fuera promovido contra las papeleras sino contra mi comercio o industria ¿Qué argumentos vamos a utilizar para frenarlo?

Eso nos está pasando a los argentinos por estos días. Veníamos de una tradición en extremo individualista. Y fue tan fuerte la crisis, que decidimos “venderle el alma al diablo” y permitir un presidente que avasalle la república, vulnere la división de poderes, la Constitución (cuando establece que somos federales y que deberíamos tener una ley de coparticipación) que subordine el Poder Judicial, que atente contra la libertad de prensa desde el salón mismo de la Casa Rosada, que trate a los opositores como “vendepatrias”, que entregue los órganos de control a las esposas de los controlados...

Los que nos miran de afuera y los que estudian nuestro caso sentencian entonces: los argentinos se lo merecen. Al igual que en los tiempos de Menem, incluso al igual que en los tiempos de Galtieri, nadie puede alegar desconocimiento de las consecuencias de ceder el valor de la república en busca de promesas románticas.

Como advirtiera Benjamín Constant: "Los depositarios de la autoridad os dirán: cuál es en el fondo el fin de vuestros esfuerzos, el motivo de vuestros trabajos, el objeto de todas vuestras esperanzas? ¿No es la felicidad? Y bien, esa felicidad, dejad que la hagamos y os la daremos. No señores, no dejemos hacerla: por conmovedor que sea un interés tan tierno, roguemos a la autoridad que permanezca en sus límites, que se limite a ser justa. Nosotros nos encargaremos de ser felices"

La república sigue perdida en Argentina. Como en aquella película que vimos en nuestra adolescencia. Porque seguimos buscando el atajo. Y por eso, nuestras propias vidas no tienen perspectiva, aunque la economía arroje buenos resultados en la coyuntura. Esa es la tragedia argentina: nadie será feliz sólo y tampoco lo seremos por “obra y gracia de un gobernante”.

Alguna vez tendremos que preocuparnos por tener una república y por tener gobernantes dispuestos a honrarla. Pero mientras sigamos esperando salvadores así nos irá. Yo ya empecé a trabajar para que esto cambie. Porque cada vez estoy más preocupado por el futuro de mis hijos. ¡Quiero república para ellos! y voy a jugarme por dejarles ese país que sueño.

Sebastián García Díaz
Presidente de Primero la Gente