Usted: ¿Por qué lo hace?

 

El mismo día nacen dos niños en la ciudad de Córdoba. Uno es recibido con un dormitorio decorado especialmente y ropita angelical para enloquecer a abuelos y parientes. El otro se conforma con un lugar en el colchón de sus hermanos, que duermen todos -bajo el mismo tinglado- con sus padres, tíos y cuñados. El colegio de uno será bilingüe, con computación y viaje de estudios. El otro sufrirá las consecuencias de un colegio que -a pesar de la buena voluntad de su maestra- enseña pobreza.

El capítulo de la adolescencia es muy distinto en cada caso. Uno se desliza por la vida, sin mayores necesidades, ni mayores exigencias que estudiar lo justo y necesario. Con su ropa "último modelo", la posibilidad de salir todas las noches en el "auto de papá", y tomar las cervezas que quiera sin pensar en las limitaciones económicas. El otro, deberá hacer "changas" y más de una vez se le pasará por la mente "salir a pedir" para poder divertirse luego con los amigos...

Un día se encuentran nuestros protagonistas. Uno, ya profesional -con su propio auto, su traje y su celular-, se detiene en una esquina ante el semáforo. El otro, consciente ya de su marginación, intenta ganar una moneda limpiando el vidrio o cuidando los coches. "Estos tipos me tienen cansado; yo me pregunto por qué no van a trabajar como corresponde", será el pensamiento de ocasión de uno. "Tacaño!, ni siquiera una monedita me dio" se escuchará del otro.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma que en los tiempos de los griegos, de Jesús, de Hobbes o de Marx, pero en nuestros días -en la realidad de una ciudad cada vez más grande y más "globalizada"- adquiere una trascendencia inusitada: ¿Por qué uno debería preocuparse por el otro? ¿Y por qué el otro debería respetar al primero? O lo que es igual: ¿Cuál es el vínculo que puede hacer confraternizar a dos "vecinos" con realidades tan diferentes?

Si la cuestión pretende ser circunscrita totalmente al terreno privado de la moral, estamos perdidos. Porque el fundamento último de nuestra convivencia tiene una proyección política indiscutible.

Necesitamos un fundamento

¿Queremos vivir en una ciudad cada vez más fraterna y solidaria? Habría que encuestar la respuesta bajo juramento de sinceridad. Pero suponiendo que así fuera, necesitamos tener en claro por qué tiene que valer algo para mi la persona que convive conmigo en la misma ciudad.

Las posibilidades de interacción entre vecinos de diferentes estratos sociales resultan cada vez más excepcionales. Tendemos a circunscribir nuestra afinidad con los que comparten nuestro estándar de vida. Tal vez algunos lleguemos a extender estos lazos a través de la Red de Internet. Pero ¿Qué podemos compartir como vecinos, si uno vive encerrado en un barrio cerrado y el otro en una villa, si uno manda sus hijos al colegio privado, al club privado, a la academia privada donde todos se conocen y el otro comparte lo que pueda darle el Estado con los suyos?

Algunos comenzamos a valorar la interacción que se producía en el Colegio público en otras épocas, y en la parroquia y en el club del barrio, donde corríamos detrás de la pelota niños con las más diversas realidades. Sin embargo ahora la situación de estratificación pareciera una tendencia sin retorno y nos seduce la idea de asumirla con un criterio individualista: "Que cada cual atienda su juego y que el Estado se encargue de que nos respetemos en las normas básicas de convivencia".

El fundamento individualista, sin embargo, es superficial. Aunque tengamos un catálogo de derechos y obligaciones, si no hay predisposición -si no hay un ethos común- deberíamos tener un ejercito infiltrado en la Sociedad para observar su cumplimiento. Es claro, (¿lo es?) que necesitamos un vínculo más humano para fundamentar nuestra fraternidad.

El argumento utilitario: "para asegurar mi tranquilidad debo preocuparme de los demás (especialmente de los pobres), si no, algún día quemarán mi casa de indignación". O su contraparte: "debo preocuparme de él porque algún día me dará trabajo, un subsidio o una ayudita", además de corromper el corazón de las personas, tiene poca incidencia política. Porque uno puede tener esa actitud con determinadas personas o instituciones, pero no pareciera ser un paradigma con la suficiente fuerza como para comprometerme con la comunidad (un compromiso por conveniencia).

Hoy está muy de moda la invocación a la confraternidad humana. Me importa el otro -o debiera importarme- simplemente porque es un ser humano. Sin embargo, la realidad está demostrando que el argumento también es débil. Porque la humanidad es demasiado grande (en número de personas y cantidad de problemas) y el compromiso con el ser humano puede agobiarnos frente a un planteo globalizado. Si debemos preocuparnos por los nuestros, por los problemas en el Africa, por el hambre en la India y la discriminación en Europa, finalmente no nos preocuparemos por nadie.

El paradigma cristiano del amor al prójimo se proyecta a todo ser humano por el solo hecho de serlo. Sin embargo aquí el fundamento es trascendente y el mismo Jesús se encarga de enfatizarlo: en cada prójimo está el mismo Dios representado. Hay incluso una advertencia: seremos juzgados al final de nuestros días por lo que hayamos hecho a los demás. La respuesta a nuestro interrogante adquiere -en este caso- una fuerza religiosa que ya no se puede medir: inspirado por la Fe uno puede "amar al mundo" e incluso dar la vida sin importar si es por mi vecino o por un africano con quien comparto la misma comunidad misionera.

Pero más allá de ciertas excepciones -los santos, los mártires y los piadosos- el común de los mortales necesitamos un vínculo "civil", por llamarlo de alguna manera. Es un vínculo que -por más que nos resulte una antigüedad- reclama una fuerte raigambre comunitaria. Se construye sobre la base de un pasado común -deliberadamente recreado en nuestras conciencias por la educación y los medios de comunicación-, pero sobre todo de un proyecto común que nos enlace a pesar de todos los factores tendientes a separarnos. Aunque la "aldea global" es cada vez más chica y cada vez más interactiva, seguimos necesitando pautas para saber quiénes somos "nosotros" y quiénes son "los otros".

"Me preocupas, porque eres Argentino como yo, y especialmente porque eres cordobés. Y aunque no te conozco por tu nombre y jamás me he cruzado contigo, hasta ahora, sin embargo siento que mi felicidad está supeditada a que vos también seas feliz." ¿Qué significan semejantes palabras por estos días? La respuesta le da contenido al cargo de conciencia -tan saludable- que puede surgir cuando somos indiferentes ante un pedido o una necesidad concreta de otro. O cuando tenemos la tentación de violentar el espacio público sin importarnos nada ni nadie (cuando manejamos descontrolados, tiramos la basura en cualquier lado, somos descorteses o nos creemos "los dueños del mundo") Más aún: la inquietud por la Justicia -la violencia que sentimos ante situaciones injustas que afectan a otros- reclama una raíz sentimental: me importa, porque esos otros y yo estamos embarcados en el mismo proyecto de comunidad.

En verdad, necesitamos regenerar un fundamento fuerte, para que la convivencia no se reduzca a un "ceder el paso" a la salida del hipermercado. Eso supone que -a pesar del la globalización- no nos dé lo mismo ser argentinos o no serlo. Y que ser cordobeses tenga algún sentido.

SGD