Porque estamos indefensos.

Lo público -en manos de los políticos- se ha vuelto en contra de la gente. Ese es el origen de nuestra desconfianza. Terminar con esta distorsión es la razón de ser de
PRIMERO LA GENTE.

Nos sentimos indefensos. Esa es la sensación más terrible y más destructiva de nuestro país. Allí comienza la desconfianza hacia nuestros dirigentes y hacia las instituciones que supuestamente deberían estar "a nuestro servicio". Pero no lo están. Todo lo contrario. Esas mismas instituciones nos atacan diariamente, nos faltan el respeto, nos someten a un juego donde "o te quedas callado y todo sale bien" o te rebelas y entonces, "aguantate las consecuencias".

Nosotros, los ciudadanos comunes, sin ningún privilegio mayor que el de votar cada tanto, conocemos muy bien este atropello, porque lo sufrimos diariamente. Tal vez no lo conozcan los dirigentes, ni los poderosos, ni los que tienen privilegios, pero la gente sí. Porque nadie se muere en este país si una persona común y corriente es sometida a esas injusticias que se repiten de a millones por minuto en una Argentina injusta.

Es muy difícil creer en un dirigente, en un nuevo candidato, por muy lindos que suenen sus planes, si no hablamos primero de este cáncer moral que nos carcome. Es justo nuestro reclamo: antes de hablar de ajustes, de sacrificios y de patriadas -todos sabemos que, para sacar el país adelante, será necesario un gran sacrificio- queremos una prueba de que la democracia finalmente estará a nuestro favor y no en nuestra contra.

Propongo -en este primer capítulo- un viaje por la Argentina real, la de los ciudadanos, la argentina sufrida. Sin teorizaciones. Un par de situaciones de nuestra vida diaria será suficientes para comprender a lo que nos enfrentamos.


Indefensos frente a la Policía
y la Justicia.

La Policía está para protegernos. Pero resulta que no hay nadie que no haya vivido la historia del policía que te para en la ruta y te pide coima. Si no, no seguís. Y la patrulla que llega a nuestra casa que acaba de ser robada, es tan peligrosa como los ladrones que huyeron. Y si usted se tomó el trabajo de ir a una comisaría y denunciar un robo... no querrá volver a repetir esa experiencia. Al fin y al cabo ¿para qué tanto papeleo? Los delincuentes siguen en la calle.

Nuestros hijos están indefensos ante los malechores y los vendedores de droga. Y uno se pregunta: ¿los policías no saben quiénes son? Tan rápidos para algunas cosas y tan burocráticos y formalistas para otras... siempre nos queda la sensación de que los policías están vinculados con los ladrones -a los que supuestamente deben perseguir- en el negocio sucio.

Seguridad es una de las máximas prioridades. Y los ciudadanos estaríamos dispuestos a sacrificar ciertas cosas con tal de sentirnos seguros. Pero darle poder a estos policías... Dios nos libre.

En materia de seguridad estamos indefensos. Somos nosotros los que tenemos que vivir asustados, tras las rejas de nuestras propias casas. Cuidando siempre nuestras espaldas en la calle, temerosos de que la violencia de un robo afecte a nuestros seres queridos. Y los ladrones saben que aquí "no pasa nada". Cada vez se pone peor. Cada vez más, lo que está en juego es la vida.

Un especialista en temas de seguridad me resumió el desafío en una frase: para que la policía cambie, hay que "descabezar" a la institución y echar -en un solo acto- a los 60 cargos superiores. Internamente están divididos como en grupos y todos esos grupos quedarían descabezados. Los nuevos directores te deberían la vida por haber llegado a ese puesto. Tendrías un año de plazo -y de lealtad de esos directores- para producir todas las reformas que hacen falta antes de que los grupos vuelvan a organizarse y terminen bloqueando el intento. Esas son nuestras instituciones. Así estamos de indefensos.

La Justicia está para cuidar nuestros derechos. Debería ser rápida e independiente, porque fondos no le faltan y los sueldos no son bajos. Pero el juez es amigo del gobernante de turno y tiene sus privilegios: no paga impuestos, un mes de vacaciones en verano y 15 días en invierno...

Dicen ajustarse estrictamente a lo que ordena la ley. Pero resulta que en algunos casos la ley deja libre a uno y encarcela a otro. ¿O acaso hay muchos corruptos en la cárcel? ¿O acaso alguno que no pague sus impuestos ha terminado tras las rejas?

El fiscal también es amigo del gobierno (de hecho el gobierno lo nombra) y está muy lejos de nosotros, los ciudadanos, a los que supuestamente defiende con su acción. Entre los abogados se arreglan para cobrar ellos antes que nadie. "La justicia es un desastre" decimos todos a gritos, pero la institución continúa su marcha sin advertirlo, porque entre jueces, abogados y fiscales "se entienden". Aunque los libros dicen que la Justicia también debe estar a nuestro servicio, el concepto todavía no ha sido asimilado por los implicados. Una verdadera corporación.

¿Cómo se explica que sigamos teniendo la misma Corte Suprema de Justicia, cuando es más que evidente los vínculos políticos y la forma en que estos vínculos influyen en sus fallos? Usted ¿no tiene vínculos políticos? Entonces usted -como yo- está indefenso ante la justicia.

Sí, ya sé: los ciudadanos no volamos tan alto. Lo nuestro es más pedestre. Sufrimos el día a día del Poder Judicial. Meses para resolver una cosa que debería llevar semanas. Años para cuestiones que deberían llevar sólo unos meses. ¿Trataste alguna vez de ir a un juzgado sin tu abogado? No te lo aconsejo. Peor aún: ¿Sufriste alguna vez la terrible experiencia de no tener dinero para pagar abogado y fuiste defendido por los que te asigna el Estado?

Rápidos para cobrar la tasa de justicia -y mejorarse a través de esa plata extra sus sueldos- (la tasa de justicia es el primer paso en cualquier juicio), lentos para aceptar críticas y propuestas de renovación, los hombres de la justicia siguen trabajando con máquinas de escribir y computadoras viejas, con archivos desvencijados y con palabras formales -casi de otro siglo- a propósito. Porque el circo está armado para que sólo ellos lo entiendan.

Indefensos ante la Municipalidad.

La Municipalidad está para resolver los problemas de los vecinos. Para eso pagamos nuestras tasas y contribuciones. Aquí no hay excusas. Porque está allí, cerca nuestro, con la obligación de "administrar la ciudad" y estar a nuestro servicio.

La plata entra por un lado, y debe ser gastado en forma transparente, de acuerdo a las prioridades que votaron los vecinos. No es tan complejo.

Pero no. El ómnibus sigue pasando cuando quiere, destartalado. El pasajero espera, se indigna, se enfurece, llega tarde a su nuevo empleo. Y es posible que lo echen. Pero a quién le importa. Llega esa "catramina", seguramente sin revisación técnica, sin seguro tal vez, se cuelga como puede...

Claro, se cuidan los derechos de 800 choferes, porque están organizados de una forma mafiosa y amenazan con quemar la ciudad. Y se cuidan los derechos de algunas empresas (no de otras) porque pusieron unos pesitos en la campaña del intendente. Pero nadie cuida los derechos de un millón y medio de habitantes. Y mucho menos de esa gran parte de la población que tiene en el ómnibus el único medio de movilidad. Gente decente. Que no va a quemar la ciudad. Se aprovechan de nuestra nobleza.

Ciertos lugares cercanos a nuestras casas son un basural. Pero cuando uno llama a la oficina de la Municipalidad, la persona que lo atiende lo trata como si fuera estúpido. "si, si, ya vamos a ir...". Uno llama para que cambien el foco de luz que se quemó en la esquina y le dicen "no hay fondos, señor". Pero al otro día sale la noticia de que se compraron camionetas 4X4 para andar por la ciudad. Mejor dicho, para que anden los funcionarios por la ciudad.

¿Alguna vez intentó pedir una audiencia con el intendente para plantear un problema? ¿Con ese mismo que le dio la mano en época de campaña? ¡Pero no con sus secretarios, sino con él, porque él es el responsable! Imposible. Porque el ya no siente obligación con nosotros. No siente que recibirá castigo alguno. El sabe que estamos indefensos. No importa si la cuestión es un proyecto para ayudar a las palomas de una plaza o un barrio entero que se muere por el agua contaminada o porque las cloacas están a un metro del piso.

Indefensos por la necesidad.

Hay casos mucho más dramáticos. Son los que se pone en juego la vida o la muerte de las personas más desamparadas, como los que se dan en la Asistencia Social. Los ciudadanos más indefensos. Cuando una familia se muere de hambre y necesita ayuda del Estado, debe dejarse "violar" por ese político inescrupuloso que pretende usarlos cuando les da el bolsón o el subsidio, que sólo quiere votos y salir en la prensa como "el que tiene el problema solucionado".

Ciudadanos indefensos ante el clientelismo. Ante la entrega de una zapatilla "y la otra si ganamos, después de la elección". "Juegan con nuestra dignidad, porque saben que estamos indefensos" me dijo una mujer llorando, humillada, en un barrio periférico de Córdoba. Eso es indignante.

Como lo es la forma en que son tratados jubilados y pensionados. Todos sabemos lo que tienen que pasar nuestros viejitos para cobrar sus míseros pesos o recibir un remedio con descuento. Y todos sabemos quién se lleva la plata del PAMI y del IPAM y de las fundidas cajas de jubilaciones que todavía quedan. Focos de corrupción sin límites. Tierra para arrasar por las estructuras políticas. Miradas arrugadas que esperan bajo el rayo del sol que alguien les de... lo que es suyo!!

¿Y la persona que apenas sabe leer o escribir? ¿Sabe cómo la trata este sistema, defendido con uñas y dientes por políticos aprovechadores? Vaya y vea lo que tiene que hacer un peón de campo para realizar un trámite ante la administración o sacar un turno para una operación complicada. Lo hacen venir una y mil veces a la ciudad, y los tratan como a un perro. Salvo que en algunas de estas instancias aparezca un empleado que se apiade de él y le acelere las cosas. ¿Qué se "apiade"? Quiénes se creen. Héroes por hacer lo que en realidad nos es debido.

El Hospital público está para curarnos. No importa si tenemos plata o no. Pero en muchos casos los enfermos son tratados como animales. Hay hospitales en ciudad de Córdoba donde el paciente se interna un mes antes "para poder guardar la cama, que debe usar después de la operación". Desidia absoluta.

Ni siquiera con la cuota que nos sacan -obligatoriamente- por la obra social uno se asegura de tener mejor suerte. Porque las obras sociales son una mafia que financian las corrupciones de los sindicalistas o del gobierno (caso IPAM). Y allí también somos ciudadanos indefensos.

Uno se pregunta: ¿por qué no me dejan elegir a mí la obra social que yo crea que es mejor? Eso jamás, porque quieren tenernos bajo su yugo. ¿Hijos discapacitados? No están comprendidos. ¿Tal operación? Tiene que pagar un plus. ¿Tal remedio? No tiene descuento. Parecemos esclavos de estas corporaciones, porque no hay competencia. Estamos indefensos.

Indefensos ante el sistema.

Ante los servicios públicos ocurren situaciones similares. Siempre rápidos para cobrar. Siempre lentos para atender a nuestros reclamos. Aquí se da la particularidad de que nosotros somos los "usuarios". Sus clientes. Su razón de ser. Pero no es suficiente en un sistema tan distorsionado.

Y los entes reguladores que fueron creados para controlar, y defender a los usuarios, están tan impregnados de corruptos, que más vale cerrarlos. En Buenos Aires directamente son cajas automáticas para cobrar coimas de las empresas privatizadas nacionales.

Uno se da cuenta que aquí -claramente- alguien salió beneficiado, pero... Nos dijeron que esperáramos 10 años para que se terminaran los monopolios, y que no nos preocupáramos por la corrupción que hubo en cada licitación o venta porque era cosa del pasado. Y ahora, cuando iban a empezar a competir... volvemos a empezar.

¿Y los bancos? ¿Lo que nos hicieron? ¿Robarnos los ahorros de la manera en que lo hicieron -cómplices con el gobierno- y quedar impunes? Ley de Intangibilidad de los depósitos bancarios: aquella ley sancionada unos meses antes del "corralito", donde nuestros representantes juraban y perjuraban que jamás podrían ser violentados nuestros derechos.

¡Dios mío! ¡Eso se llama impunidad! Verdaderamente estamos indefensos. Depositamos dólares, recibimos pesos devaluados cuando ellos quisieron y como ellos quisieron. Y el tipo que debe, se avivó que la ley de emergencia lo amparaba y ya no pagó más. Y a los contratos firmados nadie los tuvo en cuenta. Y más de una empresa salió beneficiada. Muchos de nosotros supimos en esa oportunidad, hasta qué punto podían hacer con nosotros lo que quisieran.

Ahora todos pagamos -con inflación y con devaluación de nuestros salarios- las deudas de esas empresas y de miles de deudores inescrupulosos. Y las vamos a pagar con nuestros impuestos. Y dentro de 5 años volverán a preguntarse con cara de preocupación: ¿Pero este aumento de la deuda del país de dónde salió? Usted, vos y yo ya sabemos quiénes pagaremos esa deuda y todas las deudas, al final de cuentas.

¿Y los políticos? Bueno, aquí cualquier ejemplo se queda corto. Concejales con sueldos exorbitantes que se dedican a cambiarle el nombre a las plazas. ¿Alguna vez lo visitó el concejal de su zona y le dijo "estoy a su servicio"? Funcionarios corruptos que arreglan licitaciones y concursos para sus amigos, "no importa si la calidad del servicio es peor". Allí caemos nosotros. Igual cuando se arregla una calle o avenida, pero la impunidad permite que el contratista le ponga la mitad de cemento. A la hora de la inauguración sobrarán los discursos, pero a los dos años volverán los baches. "y que importa! Si para esa fecha el político ya estará compitiendo por otra posición... total la gente se olvida". Estamos indefensos.

Arreglan entre cúpulas, pensando sólo en su mezquino interés sectorial o incluso individual. Inmorales de gomina y guante blanco. De discursos refinados. Dispuestos a saquear el Estado antes de que venga el próximo gobierno. Nombran amigos, deshacen lo que hizo la anterior gestión porque "si no es como seguirle haciéndole propaganda", dicen con macabra ironía maquiavélica, que se permiten porque no se cansan de decir: "nosotros entendemos los códigos de la política". Corruptos en acciones y en intenciones.

Endulzan nuestros oídos con un marketing pegajoso durante los primero años y luego -cuando llega el momento de discutir la deuda que dejan- "y bueno! un bono a 16 años, y que la paguen nuestros nietos!" No manejarían así su propia plata. Pero claro, ésta es NUESTRA plata, y por eso no importa.

Hace mucho tiempo que los políticos -en general- en Argentina nos han dejado de defender y se defienden ellos mismos. Defienden a la corporación política. ¿Cuánta plata se han robado los políticos durante los últimos 20 años en Argentina? No lo podemos saber porque estamos indefensos ante semejante mafia.

Las leyes que salen del Poder legislativo, de esos representantes que votamos cada tanto, ¿Nos defienden? ¿Defienden el bien común? ¿Vale la pena que les paguemos esos sueldos, esos viáticos, esas secretarias y asesores? ¿Vale la pena acaso que le paguen con nuestra plata a los partidos políticos de uno a tres pesos por cada voto? ¿Se lo merecen?

Claro, Usted y vos y yo (y el 90 % de los argentinos) queremos terminar con las listas sábanas. Porque nos obliga a votar a gente que no conocemos. Y nos gustaría tener uno o -a lo máximo- dos representantes de nuestra zona, que fueran respetables y que tenga más capacidad que el resto para definir las polìticas públicas.

Pero estos políticos que hoy tenemos no transformarán el sistema electoral. Porque, con la incorporación de cierta gente en las listas, pagan sus favores. Juntaremos firmas, escribiremos cartas a los lectores, pero ya vimos durante el año 2002: estuvieron todo el año discutiendo la reforma política -con la presión de las cacerolas en sus oídos- pero resistieron y al final no salió nada. Seguimos votando igual que antes. A los mismos y de la misma forma. Estamos indefensos.

No todo se reduce a un reclamo económico. Porque el maltrato de la administración pública es por motivos que exceden lo económico (ese constante "señor, le falta tal o cual papel" después de 6 o 7 horas de espera...) Pero no podemos dejar de decirlo: también estamos indefensos ante el manejo corrupto de los fondos públicos. Porque en los impuestos que pagamos supuestamente va contemplada la plata para salud, educación, seguridad, justicia. Y no son pocos impuestos. Y no son pocos fondos.

Los que estudian estos temas nos dicen que gastamos un porcentaje similar al de los países desarrollados y sin embargo tenemos la salud y la educación de un país del tercer mundo.

Pagamos los impuestos, pero en los hospitales hay que pagar el plus o la cooperadora. Y la cooperadora en los colegios ya no es la organización de padres que busca mejorar la escuela con alguna compra extraordinaria, sino que es una verdadera "caja" para que la institución no sucumba. Llegan a pagarle los sueldos a los maestros en algunos lugares.

Y en la policía, por cada trámite algún sellado hay que pagar. Para sacar el carnet pagamos, para casarnos pagamos, para el documento pagamos, para todo pagamos. ¿Y dónde está la plata entonces? Nadie lo sabe, concretamente. Porque los ciudadanos no tenemos derecho a saber en qué se gasta centavo por centavo nuestro dinero -es decir, está en la constitución, pero eso... que importa-. Estamos indefensos ante la máquina de liquidar nuestros fondos que es el Estado en manos de corruptos y mediocres.

Deberíamos tener seguridad pero terminamos pagando -los que pueden- una seguridad privada, para que pasen por el frente de mi casa con su auto destartalado, y una educación privada, y otro sistema de salud, a pesar de que -por ley- me descuentan uno (pero no sirve para nada), y una jubilación privada, aunque a muchos todavía nos descuentan por ley para una jubilación pública, y cultura, y abogados para que nos ayuden a prevenir la injusticia que produce el mismo Estado, y un contador para que desentrañe cuántos impuestos hay que pagar, los que todavía sienten la obligación moral de pagarlos.

Ciertas oficinas del gobierno que fueron creadas para estar al servicio de la gente, son verdaderos castillos infranqueables. Por dar un ejemplo: si usted es un empresario "pyme" que quiere exportar, vaya y trate de conseguir apoyo o asesoramiento de la oficina respectiva. Morirá en el intento. Los que allí están nombrados recibieron una recompensa por haber trabajado en la campaña de tal o cual. Pero no están dispuestos a servirnos.

¿Qué suerte tendrá usted si quiere presentarse para trabajar en algún puesto público en la municipalidad, en tribunales, en el gobierno? Seguro que tiene antecedentes, pero eso no importa. Usted tiene que tener acomodo político. Si no, no tendrá suerte. Si no, no habrá recompensa para usted.

La sensación de estar indefensos no es sólo frente al Estado o los políticos. Los sindicalistas -que deberían representar a los trabajadores- viven su propia fiesta de corrupción y de impunidad.

Las elecciones gremiales están armadas para que usted y vos, trabajadores comunes, jamás se les ocurra generar una alternativa. Allí también funcionan las largas listas y el manejo de las famosas "estructuras". Allí tampoco hay democracia. Su gremio, su colegio profesional, su cámara empresaria, no lo representa, pero no hay opción. Siempre en manos de los mismos. Siempre un juego de pocos. Siempre pedir algunos cambios... para que nada cambie.

La realidad nos amenaza. A veces somos conscientes y a veces -de tan acostumbrados- olvidamos el riesgo.

Uno se sube a un taxi para ir al centro o a un ómnibus para viajar a otra ciudad y siente ese cosquilleo que da la casi certeza de que nadie controló a ese taxi, a ese chofer, a pesar de que -seguramente- alguien cobra por esa obligación.

Y uno camina por un puente turístico e intuye que -seguramente- alguien olvidó poner un cartel que marque las limitaciones de ese puente.

Y es muy posible que donde deba haber un extinguidor, haya una excusa después del incendio: "se lo robaron". Y donde murió alguien por un escape de gas, haya un inspector coimeado, un profesor de educación física violador porque la directora no se animó a poner al colegio en el tapete con una denuncia, un secuestrador liberado, porque se perdió la prueba en un trámite procesal en tribunales, nafta adulterada porque "los inspectores están en licencia", una farmacia de turno que no está de turno porque... y restos nucleares ocultos en una zona residencial porque... y un balcón que se desprende de un edificio y mata a los transeúntes, y un avión que se cae cuando despega, y una discoteca en el que muere un joven asfixiado por el humo al no haber salida de emergencia, y un conteiner que pasó por la aduana "sin que nadie se diera cuenta" y un chori-pan hecho con carne de perro que se vende en una de las plazas céntricas... Dios mío, estamos indefensos.

Las leyes existen. Y la Constitución Nacional y Provincial contienen sendos artículos que garantizan nuestros derechos: al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la salud, a la información. Pero hace mucho que nos dimos cuenta que la formalidad de la ley no hace a una democracia.

Encerrados en nosotros mismos.

Esta sensación de ser todo el tiempo "ciudadanos indefensos" nos destruye como personas y como sociedad. Sentir que siempre estamos sufriendo -o vamos a sufrir- una injusticia y que nadie se ocupará de nosotros, nos cruza como una daga y nos va secando las esperanzas.

Vivimos día a día mascullando desconfianza. Esa es la gran angustia que nuestros políticos no saben representar. Porque no la viven. O porque se benefician de ella. O simplemente porque son los responsables de que las cosas sucedan de este modo. ¿Cómo podrían representar un cambio entonces?

Nuestro principal problema como ciudadanos, no son sólo falencias concretas, como la falta de trabajo o de agua en nuestro barrio. Hay algo más profundo que está presente en nuestra relación con el Estado. Es el resentimiento que produce el diario vivir en un sistema injusto.

Y nuestra reacción es terrible, pero entendible. Nos encerramos en nuestras familias y vemos a todo el que nos rodea como un potencial problema o enemigo. Nos volvemos más individualistas de lo que normalmente es una persona por naturaleza. Siempre alertas, tratando de cuidarnos como podemos, saliendo del paso por nuestros propios medios, ladrando a la persona que nos atiende a ver si así, nos presta atención o cortando una calle si la situación es más grave (y que los demás, se jodan).

Somos individualistas por la ocasión, no por vocación. Somos cortoplacistas no por falta de educación o de cultura, sino porque en Argentina no hay largo plazo. A eso nos han llevado nuestros gobernantes. Indefensos como estamos, suficiente con zafar del presente. Con ese espíritu sobrellevamos nuestra vida en sociedad. Somos una muchedumbre solitaria.

Hay muchos que se avivan. "Viveza criolla" le dicen algunos, "inmoralidad" le decimos los que no hemos perdido la conciencia.

Sí, ya sé. Es doblemente indignante ver cómo triunfan los que eligen el camino más corto. Los que coimean para que salga su obra o su licitación, o no cumplen con las normas, o no pagan sus impuestos, o no cumplen los contratos, o juegan al corto plazo y son capaces de cualquier cosa: desde pasar un semáforo en rojo a anotarse en un plan jefes y Jefas de Hogar, aunque no lo necesitan.

Algunos "vivos" directamente consiguen un arma y salen a robar, sabiendo que la impunidad es total. Total nadie controla. "Telenoche investiga" -el programa televisivo de investigaciones espectaculares de fraude y corrupción- es un documental de nuestra procesión cotidiana.

Sí. Hay momentos en los que los "corruptos y los chorros" parecen ser la mayoría. Y uno se siente el "bolu...", el único que está haciendo las cosas medianamente como corresponde. ¿Quién se atreve a decirnos "no! vuelvan a confiar los unos en los otros, y vuelvan a confiar en sus dirigentes y en sus instituciones..."? Tal vez dejemos que el sacerdote cumpla su función y nos marque el "deber ser" en los sermones del domingo, pero apenas salimos de la iglesia nos vuelve la desconfianza extrema.

Es como en el cuento de las 1000 hormiguitas que se sentían indefensas ante el elefante y deciden lanzarse sobre él; el elefante se sacude y sólo queda una de ellas prendida del cuello; las otras desde abajo le gritan "ahorcalo, ahorcalo"... Ni usted ni vos quieren ser la hormiguita que juega su pellejo en el intento.

Creo que es absolutamente comprensible la actitud de los que no responden a las convocatorias a la participación que hoy se hacen. Me siento raro al decir esto. Porque me he pasado los últimos 10 años de mi vida, insistiendo en cuanto lugar he podido sobre la obligación de participar como ciudadanos, de meternos a cambiar las cosas, etc, etc.

Pero los años pasan y he comprendido las razones que tiene la gente para no aceptar estas invitaciones rimbombantes. El que no tiene trabajo porque lo busca desesperadamente. El que lo tiene porque lo conserva con uñas y dientes. Y todos con la misma sensación: indefensos, vulnerables ante los poderes y las mafias. Ante las corporaciones. Con la terrible sensación de ser los únicos que todavía tenemos algún freno moral.

No todos sienten la vocación por liderar el cambio y el 99% de la gente advierte que no están dadas las condiciones para jugarse por este país. Hasta que no estén dadas esas condiciones -para que los ciudadanos sintamos lo público como propio- creo que todas las incitaciones masivas a participar son en vano.

Y la condición a esta altura está muy clara: terminar con estas mafias y corporaciones que se hacen un festín con lo que es de todos, desde hace 20 años (o más?) Y que han consolidado una cultura que ya incluso se ufana de lo que hace. Los ladrones no sólo se roban el dinero de todos, sino que además salen en la revista "Caras". ¡Eso sí que es impunidad! Otros vuelven a presentarse como presidentes, como gobernadores o como intendentes...

La tarea prioritaria que hay que realizar hoy en Argentina es -nada más, ni nadad menos- que depurar el país -a nuestra querida democracia- de esta maraña de actitudes mafiosas y corporativas que se han adueñado de lo público.

Policías, jueces, políticos, legisladores, acomodados, sindicalistas corruptos, empresarios coimeros, burócratas, empleados que hicieron la opción por adaptarse a un sistema corrupto y hoy ayudan con su acción o con su omisión a que el sistema perviva, crezca y salga fortalecido de las sucesivas crisis, a base de violentar nuestros derechos y anteponer el interés personal o del grupo, por sobre el interés de todos.

No creo que sea una tarea común, normal. Debe ser un acción extraordinaria, contundente, sin miramientos, sin concesiones. Es una batalla dentro de la democracia con un sóla bandera: liberar a la ciudadanía y volver a poner las cosas en orden.

Es -aunque suene exagerado- una epopeya similar a la que realizó San Martín. Que no se conformó con "juntar firmas" o salir con la cacerola por las calles del virreinato para sacar a los españoles. Tuvo que cruzar los Andes (y tuvo que morir en el exiliio). Una acción extraordinaria similar reclama la Argentina.

Habrá que llevar los mecanismos de la república y de la democracia al límite, para poder lograrlo. Habrá que gobernar con una firmeza y una convicción inquebrantable, sabiendo que todos los grupos afectados por el cambio intentarán "quemar la ciudad". Pero la supuesta impopularidad que dan las decisiones políticas contundentes, en este caso, no podrá servir de excusa.

En el fondo la gente apoyará el cambio. No saldrá a la calle, porque -como ya dije- tiene miedo. No firmará petitorios. Pero apoyará con toda su alma a aquel que se anime a dar esta batalla. Y en la siguiente elección volverá a votarlo.

Hay gente valiosa,
el cambio es posible.


Es posible, que de tanto vivir en este sistema absolutamente distorsionado más de uno se haya resignado a que no hay otro modo. "Así es la vida" dirá algún mayor con experiencia. "El que no llora no mama y el que no afana es un gil", "si no pisas cabezas, te pisan a vos" y otra serie de consejos ácidos y de visiones sobre nuestro país tan apocalípticas como erradas: "somos un pueblo corrupto".

No somos ni mejores ni peores personas que el resto de los que caminan por las calles de Nueva York, de Madrid, de Santiago de Chile, de Sidney o de Quebhec. Ni más ni menos corruptos. Ni más ni menos patriotas. Pero allí el sistema está a favor de los ciudadanos. Incluso porque es muy estricto a la hora de castigar. En Estados Unidos, en España, en Chile, en Australia o en Canadá han librado esta batalla y han logrado un sistema que los respete como ciudadanos.

Incluso en países con las condiciones que tiene Argentina (y las limitaciones que también tenemos) han podido volver a confiar en ellos mismos y en su país. Han recuperado la confianza. Y con ella han recuperado la base del desarrollo económico y social. En esto sí que voy a discutir con todas mis fuerzas con los escépticos. Es posible lograrlo. Aunque nos llevará una vida. Si ellos lo han logrado ¿por qué nosotros no íbamos a poder hacerlo?

Mi experiencia, en este sentido, a lo largo de los últimos años de contacto intenso con todo tipo de gente de los más diversos sectores y escalas sociales, ha sido muy alentadora.

Porque debajo de los popes, de los dirigentes que supuestamente los representan o a los cuáles obedecen -y que están allí desde hace 20 años- hay gente trabajando con los dientes apretados, disconformes y con muchas ganas de producir un cambio.

¿Cuántos son los honestos? Muchos más de lo que pensaba al comienzo. La gente honrada, trabajadora, y comprometida son una mayoría aplastante en este país, aunque nuestra visión fatalista a veces no nos permita admitirlo.

Somos muchos más los que no robamos, aún con hambre y con necesidades terribles sin satisfacer, que los que deciden el camino fácil. Son mucho más los empleados decentes que los corruptos. Somos la mayoría. Aunque somos una mayoría silenciosa (y silenciada).

Mi experiencia ha sido similar en todos los ámbitos: en la policía, en la justicia, en la educación, en los hospitales, en la administración pública, en los sindicatos y cámaras empresariales, en la política, en la Iglesia... gente (generalmente más joven) que no soporta ese espíritu de conservación de "todo tal cuál como está" propio del establishment.

Un empresario pyme, que se rompe el lomo por crecer me dice: "somos 900 empresas las de este sector que queremos tales y tales cambios. Pero en la cámara empresaria son 30 o 40 empresas tradicionales que se juntan a tomar café y hacer lobby para ellos mismos".

Hay sindicalistas jóvenes que han comprendido perfectamente el desafío de producir un cambio en el régimen de representación de los trabajadores. Hay policías dispuestos a dar la vida por servir a la comunidad (aún con un sueldo de 800 pesos). Hay gente que trabaja en la Justicia que tiene capacidad y predisposición a producir un cambio rotundo.

Sólo falta "generar el chispazo", "destapar la olla", levantar la voz y decir las cosas tal cuál como son para que se produzca el "efecto contagio" en todos los ámbitos.

Combatir este sistema perverso que nos somete es el fin del movimiento que hemos llamado "Primero la Gente" (ahora puede comprender por qué).

Nos sentimos con fuerzas. No tenemos miedo. Sentimos vocación por hacerlo. Yo -particularmente- siento vocación por hacerlo. Después de unos años de acción, estoy convencidos de que mi única realización será haber intentado librar esta batalla. Y ganarla si es posible. El objetivo: sacarle el poder a los políticos, a los corruptos, y devolvérselo a la gente.