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La
nueva lucha por el
poder
Lo
que caracteriza a
la democracia pluralista
en tanto forma específica
del orden político
es la instauración
de una distinción
entre las categorías
de "enemigo" y de
"adversario". Eso
significa que, en
el interior del "nosotros"
que constituye la
comunidad política,
no se verá
en el oponente un
enemigo a abatir,
sino un adversario
de legítima
existencia y al que
se debe tolerar. Se
combatirán
con vigor sus ideas,
pero jamás
se cuestionará
su derecho a defenderlas.
Sin embargo, la categoría
de "enemigo" no desaparece,
pues sigue siendo
pertinente en relación
con quienes, al cuestionar
las bases mismas del
orden democrático,
no pueden entrar en
el círculo
de los iguales.
Una
vez que hemos distinguido
de esta manera entre
antagonismo (relación
con el enemigo) y
agonismo (relación
con el adversario),
podemos comprender
por qué el
enfrentamiento agonal,
lejos de representar
un peligro para la
democracia, es en
realidad su condición
misma de existencia.
Por cierto que la
democracia no puede
sobrevivir sin ciertas
formas de consenso
-que han de apoyarse
en la adhesión
a los valores ético-políticos
que constituyen sus
principios de legitimidad
y en las instituciones
en que se inscriben-,
pero también
debe permitir que
el conflicto se exprese,
y eso requiere la
constitución
de identidades colectivas
en torno a posiciones
bien diferenciadas.
Es menester que los
ciudadanos tengan
verdaderamente la
posibilidad de escoger
entre alternativas
reales.
Ahora
bien, la progresiva
difuminación
de las diferencias
entre las nociones
de derecha y de izquierda
que se comprueba desde
hace ya bastantes
años se opone
precisamente a esta
exigencia. Desafortunadamente,
el abandono de la
visión de la
lucha política
en términos
de posiciones antagónicas
entre la derecha y
la izquierda -del
que sin duda sólo
cabe felicitarse-
se ha visto acompañado
de la desaparición
de toda referencia
a apuestas diferenciadas.
Así las cosas,
ha habido un desplazamiento
hacia una "república
del centro" que no
permite emerger la
figura -necesaria,
por lo demás-
del adversario; el
antagonista de otrora
se ha convertido en
un competidor cuyo
lugar se trata simplemente
de ocupar, sin un
verdadero enfrentamiento
de proyectos.
Esa
situación es
peligrosa para la
democracia, pues crea
un terreno favorable
para los movimientos
políticos de
extrema derecha o
los que apuntan a
la articulación
de fuerzas políticas
en torno a identidades
nacionales, religiosas
o étnicas.
En efecto, cuando
no hay apuestas democráticas
en torno a las cuales
puedan cristalizar
las identificaciones
colectivas, su lugar
es ocupado por otras
formas de identificación,
de índole étnica,
nacionalista o religiosa,
y de esa suerte el
oponente se define
en relación
a tales criterios.
En esas condiciones
ya no se puede percibir
como un adversario,
sino que aparece como
un enemigo al que
hay que destruir.
Y esto es lo que una
democracia pluralista
tiene que evitar.
Pero para eso es menester
que reconozca la dimensión
que concierne a lo
político, en
lugar de negar su
existencia.
En
muchos países
europeos, la desaparición
de una línea
divisoria clara entre
los partidos políticos
tradicionales -de
lo que hay quienes
se alegran en nombre
de una supuesta "madurez
política" que
por fin se habría
alcanzado- ha dejado
en realidad un vacío
que la extrema derecha
se ha apresurado a
ocupar. Ese vacío
es lo que le ha permitido
articular nuevas identidades
colectivas a través
de un discurso xenófobo
y recrear la frontera
política desaparecida
mediante la definición
de un nuevo enemigo.
Sin duda, para la
extrema derecha eso
no presenta ninguna
dificultad, puesto
que ya ha dado forma
a su enemigo: los
inmigrantes, a los
que presenta como
un peligro para la
identidad y la soberanía
nacionales. En ausencia
de formas democráticas
y verdaderamente movilizadoras
de identificación,
es innegable el éxito
que encuentra ese
tipo de discurso nacionalista
y populista. Por tanto,
la democracia no sólo
está en peligro
cuando hay un déficit
de consenso sobre
sus instituciones
y de adhesión
a los valores que
representa, sino también
cuando su dinámica
agonística
se ve obstaculizada
por un consenso aparentemente
sin resquicio, que
muy fácilmente
puede transformarse
en su contrario. A
menudo, cuando el
espacio público
democrático
se debilita, se ve
cómo se multiplican
los enfrentamientos
en términos
de identidades esencialistas
o de valores morales
no negociables.
En
lugar de considerar
la democracia como
algo natural y evidente
o como el resultado
de una evolución
moral de la humanidad,
es importante percatarse
de su carácter
improbable e incierto.
La democracia es frágil
y algo nunca definitivamente
adquirido, pues no
existe "umbral de
democracia" que, una
vez logrado, tenga
garantizada para siempre
su permanencia. Por
tanto, se trata de
una conquista que
hay que defender constantemente.
Desde este punto de
vista, la situación
en la que se encuentran
muchos países
europeos es preocupante.
Por una parte, el
ideal democrático
ha dejado de ser movilizador,
pues la democracia
liberal se identifica
en la práctica
con el capitalismo
democrático
y su dimensión
política se
reduce al Estado de
derecho; por otra
parte, aumenta sin
cesar la marginación
de grupos enteros
que se sienten cada
vez más excluidos
de la comunidad política.
En estas condiciones,
es muy grande el peligro
de que estos grupos
se unan a movimientos
fundamentalistas o
de que se sientan
atraídos por
formas antiliberales
de política.
No cabe la esperanza
de hacer frente a
esta situación
si no se instauran
las condiciones de
un "pluralismo agonístico"
que permita reales
confrontaciones en
el seno de un espacio
común, con
el fin de que puedan
realizarse verdaderas
opciones democráticas.
Contrariamente
a lo que afirman los
discípulos
de Rawls, no se trata
de un acuerdo definitivo
sobre principios de
justicia que permitan
asegurar la defensa
de las instituciones
democráticas.
El consenso sobre
los derechos del hombre
y los principios de
igualdad y de libertad
es necesario, sin
duda, pero no se lo
puede separar de una
confrontación
sobre la interpretación
de esos principios.
Hay muchas interpretaciones
posibles y ninguna
de ellas puede presentarse
como la única
correcta. Precisamente,
la confrontación
sobre las diferentes
significaciones que
se ha de atribuir
a los principios democráticos
y a las instituciones
y las prácticas
en las que se concreten
es lo que constituye
el eje central del
combate político
entre adversarios,
en el que cada uno
reconoce la imposibilidad
de que el proceso
agonístico
llegue alguna vez
a su fin, pues eso
equivaldría
a alcanzar la solución
definitiva y racional.
Hoy
en día es de
buen tono, entre los
supuestos defensores
del humanismo, rechazar
la contribución
de autores como Foucault,
Derrida o Lacan, a
los que -con mucha
ignorancia y mala
fe- se asimila a un
concepto vago de "posmodernismo".
Se los acusa de que,
con su crítica
al universalismo y
el racionalismo, minan
las bases del proyecto
democrático.
En realidad, es exactamente
lo contrario. Pues
los que ponen en peligro
la democracia son
precisamente los racionalistas.
Estos son en principio
incapaces de comprender
el desafío
permanente al que
debe enfrentarse siempre
un régimen,
de donde su ceguera
y su impotencia ante
las manifestaciones
del antagonismo político.
El
ideal de la sociedad
democrática
-incluso como idea
reguladora- no puede
ser el de una sociedad
que hubiera realizado
el sueño de
una armonía
perfecta en las relaciones
sociales. La democracia
sólo puede
existir cuando ningún
agente social está
en condiciones de
aparecer como dueño
del fundamento de
la sociedad y representante
de la totalidad. Por
tanto, es menester
que todos reconozcan
que no hay en la sociedad
lugar alguno donde
el poder pueda eliminarse
a sí mismo
en una suerte de indistinción
entre ser y conocimiento.
Esto significa que
no se puede considerar
democrática
la relación
entre los diferentes
agentes sociales sino
a condición
de que todos acepten
el carácter
particular y limitado
de sus reivindicaciones.
En otros términos,
es menester que reconozcan
que sus relaciones
mutuas son relaciones
de las que es imposible
eliminar el poder.
Al
modelo de inspiración
kantiana de la democracia
moderna hay que oponer
otro, que no tiende
a la armonía
y a la reconciliación,
sino que reconoce
el papel constitutivo
de la división
y el conflicto. Esa
clase de sociedad
rechaza todo discurso
que tienda a imponer
un modelo que apunte
a la univocidad de
la discusión
democrática.
No trata de eliminar
lo indecidible, pues
en ello ve la condición
de posibilidad de
la decisión
y, por tanto, de la
libertad. Para ella,
lejos de proporcionar
el horizonte necesario
al pluralismo democrático,
la creencia en una
posible resolución
definitiva de los
conflictos -incluso
si se la piensa al
modo de una aproximación
asintótica
a la idea reguladora
de una comunicación
sin distorsión,
como en Habermas-
es lo que lo pone
en peligro. Concebida
de esta manera, la
democracia pluralista
se convierte en un
ideal que se autorrefuta,
pues el momento mismo
de su realización
sería también
el de su destrucción.
Y no basta con decir
que se trata de una
"tarea infinita",
pues una vez reconocida
la naturaleza ilusoria
de la idea de una
comunidad de individuos
autónomos y
racionales, es preciso
sacar las consecuencias
pertinentes. Presentar
esa sociedad como
un ideal, aun cuando
inaccesible, es prohibirse
pensar verdaderamente
el pluralismo.
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