Lo
nuevo está al comienzo.
El componente más pequeño
pero definitorio del fenómeno político, en su estado
puro, es la capacidad de una persona de convencer a otra, para que
-en libertad- se decida a apoyar una acción determinada.
Eso es en su raíz la política
y eso es lo que la hace tan peligrosa. Por un lado, tiene la maravillosa
potencialidad de hacer que personas libres -con intereses diferentes-
logren la cooperación social, al concentrar en una dirección
el esfuerzo conjunto. Pero, cuando se abusa del poder, el seguidor
ha perdido su libertad y se suma por necesidad, por ignorancia, por
recompensa, o por temor. El dirigente, en ese caso, lo es sólo
formalmente, pero no tiene autoridad moral.
Cuando todos pedimos una "nueva política"
estamos haciendo referencia a este problema: queremos que se reconstruya
esa relación. Que el político vuelva a enfrentar el
desafío de acercarse a nosotros, cara a cara, y conseguir nuestro
apoyo.
Ultimamente han aparecido referentes
y candidatos que dicen "yo soy la nueva política". Pero la
pregunta es ¿Qué han hecho para serlo? Nada, si -en definitiva-
hacen lo mismo que los anteriores: aprovecharse de la estructura o
del poder económico.
Estructuras lejanas.
Los grandes partidos tradicionales y los nuevos que han crecido
detrás de un candidato, se mantienen como en una estratófera,
lejos de la gente. Como tienen fondos para aparecer en televisión
o en radio, contratar afiches, repartir bolsones o dar empleos, no
sienten la necesidad de "bajar" a convencer al ciudadano.
Los partidos más viejos, ya no
deben afiliar gente, porque superaron las exigencias de la ley hace
décadas. Y muchos de los nuevos, como necesitan que el referente
se presente en la próxima elección si o si, eligen el
camino más corto: pagan por cada afiliación y listo.
Y cuando van a organizar un acto no se
arriesgan con la convocatoria. Ponen en acción la maquina del
clientelismo: a todo el que le dieron algo o le prometieron algo lo
obligan a venir. O le dicen al puntero: "se acabó la ayuda,
si no traes tu gente".
Y si tienen que distribuir folletos o
pegar afiches, o cuidar los votos el día de la elección
con fiscales, no necesitan entusiasmar a sus militantes. Suficiente
con recordarles "favores recibidos". Algunos partidos nuevos ni siquiera
pasan ese mal rato: preguntan a una empresa cuánto sale, lo
pagan y listo.
¿Y cómo suman técnicos
para desarrollar los planes de gobierno? Para aquellos que se toman
ese trabajo, no hay mayores dificultades. Porque se les paga con los
"fondos de campaña" (que nadie pregunta de dónde vienen).
O se les promete un puesto seguro cuando llegue el momento.
Cuando el partido es el que está
en el gobierno nacional, provincial o con algún intendente,
la cosa se facilita mucho. Directamente se usa el aparato estatal,
para financiar, para movilizar, para desarrollar planes, para utilizar
la "publicidad oficial".
Resultado: lo que hoy nos pasa. Allá
lejos la corporación política, con sus códigos,
su mundo de intrigas y de internas, su lógica distorsionada.
Que se "maquilla" para cada elección, se llena la boca de frases
hechas y se aprovecha del monopolio que le ha dado el sistema para
proponer candidatos. El discurso de convencimiento se parece más
a las publicidades de "llame ya" que al acto soberano de elegir representantes.
Se podría decir que -salvo que
ocurra un milagro- es muy difícil esperar de estas viejas organizaciones
llenas de mañas, que surja "la nueva política". Aunque
el candidato sea uno que hasta ahora no había aparecido en
los medios, todos sabremos que ha hecho su carrera seduciendo la estructura,
pero no a la gente.
La semilla de lo nuevo.
Los que hemos conformado movimientos
políticos nuevos y no seguimos a un referente "mediático",
en cambio, no tenemos escapatoria: estamos obligados a hacer las cosas
bien, por virtud y por necesidad.
Como partimos de la nada, estamos obligados
a defender nuestros principios, nuestras propuestas, y nuestras acciones
en forma absolutamente transparente. Porque la gente que nos sigue,
cuando ve algo raro -el más mínimos detalle- simplemente
se va y uno se queda sólo.
Para ser partido político la Justicia
pide primero 4000 adhesiones y luego 4.000 afiliaciones. Conseguir
cada firma -sin pagar por ello- es la "política en estado puro".
Porque hay que convencer a cada interesado. La gente está muy
escéptica y analiza cada palabra, cada gesto, con mucha desconfianza.
Y cuando uno organiza un acto o una presentación
no hay escapatoria: hay que salir a convencer uno por uno para lograr
que la gente asista. 100 personas en la inauguración de la
sede del movimiento -sin prometer nada a cambio- vale más que
miles de "militantes" que han ido por el sandwich y la coca.
Cada folleto, cada cartelito, cada gasto
se financia con el aporte voluntario de los que participan. Ese es
el acto cívico más sublime. Porque, cuando gente joven
y gente que nada le sobra, se deciden a poner 10 o 20 pesos para difundir
sus ideas, para alquilar un local o habilitar un teléfono,
la semilla de la nueva política se abre camino.
He visto profesionales dejando su trabajo
para juntar firmas en la calle. Y amas de casa que le quitan tiempo
a sus hijos para visitar un barrio. Desempleados que lo hacen "por
la patria", aunque bien les vendría unos pesos para llevar
a su casa. Todos voluntarios. Todos con los dientes apretados, enfrentando
la árida llanura que supone participar en un proyecto a 10
años.
¿Y qué hay a cambio? Nada. No
hay fondos para repartir. Y no hay promesa de acomodo para "después
de las elecciones". Las posibilidades de ganar son mínimas,
y la gente igual se compromete. Hay idealismo.
Tal vez no lo crea. Pero durante este
año de trabajo he visto una docena de veces a la "política"
en estado puro. Gente que se para frente a una reunión general
de vecinos y supera el escepticismo con fundamentos, mientras se escucha
en el fondo: "es el tipo de la otra cuadra; yo lo conozco: es honesto
y es muy valioso; hay que apoyarlo". Gente que se alegra cuando alguien
llega a participar (y no como en los partidos viejos en los que te
miran como un "potencial adversario"). Técnicos que podrían
cobrar por su tarea, pero que lo hacen por vocación. Para que
las cosas mejoren. ¡Hasta veo que la gente paga su parte del asado
del movimiento al que fue invitado! Indudablemente algo nuevo se está
gestando.
Todavía no lo veremos en los titulares
de los diarios, ni en el programa de Grondona. Habrá que tener
paciencia. Pero hay una semilla que está creciendo. Tal vez
sería bueno apoyarla, porque allí -en esa experiencia
política tan "a pulmón"- está escondida la mística
que necesita este país para ser reconstruido.
Sebastián García Díaz
Presidente de "Primero la Gente"