¿Quién
levantará la voz?
Hay una voz que todos escuchamos. Una
voz que nos impulsa a hacer lo correcto y que nos perturba cuando
desobedecemos. Se presenta como un "deber" claramente diferenciado
de un "me gustaría". Y lo fascinante es que los seres
humanos somos capaces de responder a ese deber, no por la amenaza
de una sanción, sino por un poder misterioso que asienta su
legitimidad en lo más profundo de nuestro carácter.
Es -por llamarla de algún modo- la voz moral de las personas.
Esta voz íntima, que sólo
repica en nuestras conciencias, tiene -sin embargo- una proyección
social y política inconmensurable. Algunos le niegan esa dimensión
y sentencian: para lo público basta lo jurídico, lo
moral sólo para la esfera privada. Pero es una visión
demasiado estrecha.
La mejor manera de demostrarlo es comparar
la reacción de la gente que obedece en tres condiciones diferentes:
cuando sufre coerción, cuando se le paga o cuando está
convencida. La coacción genera resentimiento y una sociedad
que avanza sobre la base del resentimiento no tiene futuro. La remuneración
es una motivación legitima, pero tampoco hay futuro en una
sociedad de mercenarios, donde lo único que importa es el dinero.
Sólo hay futuro cuando una sociedad
encuentra gente convencida de sus valores y dispuesta a escuchar la
voz moral, que habla aunque el derecho calle y aunque el dinero no
recompense.
La voz de la comunidad
Aunque la voz moral es en parte una voz
interior de las personas, depende en gran medida de la comunidad.
Más aún: las comunidades tienen una voz moral que es
exterior a la propia voz del ego y que potencia la voz interna de
los individuos.
Como señala el comunitarista Amitai
Etzioni "aunque la voz moral interna y la de la comunidad canten
la misma canción, a menudo hay diferencias en el registro,
en las palabras que cada una entona y en las notas exactas que producen".
La voz moral puede llegar a ser la vía
más importante para que los individuos se estimulen entre sí
a adherir a los valores compartidos y deseados por la sociedad, y
evitar -de este modo- las conductas que ofenden o perturban esos valores.
Como ya lo dijimos no trabaja con amenazas,
aunque sí se manifiesta a través de ceños fruncidos,
comentarios suavemente sarcásticos, consejos amistosos, elogios,
censuras, aprobaciones, reclamos y recriminaciones. Los individualistas
la temen y la combaten porque condiciona la libertad y los conservadores
la subestiman porque creen que la gente necesita la mano firme de
la Ley. Sin embargo, la tendencia mundial es a revalorar este espacio
moral intermedio entre la pura obligación y la pura libertad.
Etzioni sostiene que, para determinar
los valores de una comunidad y cuál es la firmeza de su voz
moral, es necesario preguntar a sus miembros qué valores se
sienten inclinados a defender abiertamente y con qué vigor.
En Córdoba, por ejemplo: si vemos
una familia que se marcha de un río serrano y deja envases
y papeles tirados ¿le decimos algo? o si vemos a una pareja de enamorados
pintando con aerosol sus iniciales en un árbol o una piedra,
o en la muralla de un baldío... ¿Acaso le decimos algo al que
no es discapacitado y -sin embargo- estaciona en el lugar reservado
para ellos? Y ante situaciones que exigen actitudes heroicas ¿Cuál
es nuestro consejo: asumir el desafío o "no te metas,
a ver si todavía salís perjudicado"?
En el caso de los jóvenes: ¿felicitamos
al amigo que no se excedió al tomar alcohol o todo lo contrario?
¿Y somos capaces de decir algo al conocido que se droga, a nuestro
lado, en un boliche?.
Si muy pocas veces los miembros de una
comunidad se sienten llamados a alentar a los demás a actuar
según los valores compartidos, estamos ante un serio problema,
porque nuestra voz moral se ha acallado o es demasiado débil.
Y eso es una clara señal de una sociedad sin compromiso, sin
futuro.
¿Quién lavanta la voz?
Hay que reconocer que es difícil
para un "ciudadano de a pié" andar por ahí
-cual quijote- gritando a los cuatro vientos la voz moral de la comunidad.
Pero hay cuatro agentes que son irremplazables en esta tarea y que
tienen una responsabilidad directa.
En primer lugar la familia y el conjunto
de personas con la que se tiene lazos afectivos. Los dictados que
desde pequeños recibimos de nuestros padres se convierten luego
en el sustrato de nuestra voz moral interior. Lo mismo entre los miembros
de grupos a los que uno pertenece. Muchos estudios han demostrado
que, para los adolescentes por ejemplo, la voz de los grupos de pares
es más persuasiva que cualquier otra.
Si la voz moral se ha silenciado en nuestras
familias -por un falso respeto o simplemente por habernos alejado-
corremos el riesgo de convertirnos en un grupo que sólo comparte
casa y televisor. Y si entre amigos no hay la suficiente confianza
como para recordarse los dictados de la moral acaso se hayan convertido
en una pandilla de cómplices.
Sin embargo, en el marco de nuestra Córdoba
actual, cada vez será más dificil para estos agentes
compartir una voz moral fuerte, si esa misma voz no resuena en los
espacios públicos. Fundamentalmente, en las aulas de nuestras
escuelas y universidades y en los medios masivos de comunicación.
¿Qué moral enseña nuestra
escuela pública? Respeto por el ecosistema, seguro que sí
-reciclar la basura y defender las ballenas- ¿Qué más?
¿Qué criterios sobre lo que está bien y lo que está
mal enseñan nuestros siempre relegados maestros y profesores?
¿Cuánto les permiten profundizar en estos contenidos los programas
de estudio, maquinados por burócratas e intelectuales de la
educación?
En el caso de los hombres y mujeres que
llevan adelante los medios de comunicación, el asunto es más
preocupante. Porque desde la misma facultad de Ciencias de la Información
-en la mayoría de los casos- se someten a un vergonzoso proceso
ideológico de rechazo a todo lo que tenga que ver con esa voz
moral. Para ellos, la voz moral de la comunidad es "la herramienta
de la opresión".
Y por eso la ética del periodismo,
no se atreve a cuestionar su propia tarea, y su voz moral sólo
sabe de ratings, de primicias y de auspiciantes. "Es lo que la
gente quiere ver, lo que quiere oir, lo que quiere leer". Es
la ética del vendedor de figuritas, cuando -en verdad- debería
parecerse más a la ética de los médicos.
Córdoba necesita que alguien levante
la voz. Y que -al son de esa iniciativa- se renueve el compromiso
de cada grupo y de cada uno con los valores compartidos. Necesitamos
un espacio público "valioso" y una comunicación
"valiosa". Ese el desafío moral de nuestra comunidad.
No sea cosa que -de tan individualistas- lo único que terminemos
escuchando en nuestro interior es el latido de nuestro corazón.