Las presiones tributarias
más altas del mundo

Por Marcelo Copello

Primero la Gente


Impuestos que asfixian

Por Sebastián García Díaz
Presidente de Primero la Gente

Con la incautación de nuestros depósitos y una rebaja a un tercio de nuestros sueldos, los argentinos pagamos la fiesta que los políticos habían llevado adelante, durante 10 años, con las cuentas públicas. ¿Qué más se puede agregar a semejante atropello? Que, a cuatro años de aquel espanto, seguimos pagando la fiesta con impuestos. Indignante.

Los diarios anuncian superávit cada vez más asombrosos. Y los políticos vuelven a darse algunos lujos. Pero hay que abrir los ojos: entre el 2002 y el 2003 la recaudación impositiva nacional creció un 22 % del PBI. Pero el gasto primario fue del 19 % del PBI, el mismo coeficiente porcentual existente antes del colapso de la convertibilidad. Por eso se logró el superavit del 3 %.

Con ese aumento del gasto ¿logramos tener mejor salud? ¿mejor educación? ¿Tenemos acaso más seguridad? Los fondos se siguen diluyendo en verdaderas cajas negras que financian la corrupción política. Fondos fiduciarios por más de 4.900 millones que nadie sabe en qué terminan. Ni que hablar del PAMI, el ANSESS, la SIDE y medio centenar de partidas catalogadas como “planes sociales”.

En la base de la distorsión, más de 7 millones y medio de personas que viven del Estado, como empleados públicos municipales, provinciales y nacionales sumados a los planes jefes y jefas de hogar y a los jubilados y pensionados del sistema de reparto. Esta cifra arroja el escalofriante porcentaje de 1,2 trabajadores privados en blanco y en negro, por cada individuo que vive del Estado con justa razón o sin ella.

¿Cuánto podremos aguantar esta pesada carga? El error colectivo es pensar que, con los impuestos al final de cuentas los que se perjudican son los ricos. Un excelente estudio del profesor Antonio Margariti (Impuestos y Pobreza - Fundación Libertad, 2004) demuestra que todos estamos pagando la fiesta de los políticos, pero con una especial presión sobre la clase media.

Una persona indigente que logra juntar $ 150 por mes tiene una carga impositiva del 20 % promedio en los productos de la canasta básica que compra y otros elementos y servicios esenciales. Es decir que está trabajando para el Estado 2 meses y 15 días.

Un asalariado que gana 700 pesos mensuales nominales ve reducido ese importe a $ 609 por las retenciones laborales promedio. Es decir que tiene ingresos anuales -incluido aguinaldo- de $ 7.917. Si paga el impuesto inmobiliario, las tasas municipales, los impuestos que vienen incluidos en los servicios públicos, termina dándole al Estado un porcentaje del 6,38 % de sus ingresos. Esto es $ 580 en impuestos visibles al año.

Presumiendo que el resto va todo a consumo, el trabajador termina pagando un 16,8 % promedio en concepto de IVA más los restantes impuestos ocultos que se agregan a los precios es decir $ 2.136 en impuestos ocultos anualizado. En total el obrero le ha dado al Estado sumando “impuestos al trabajo” $ 3.627 pesos, lo que representa más del 33,5 % de sus ingresos. Trabaja para el Estado desde el 1 de Enero hasta el 23 de Mayo, es decir 4 meses y 23 días.

Veamos el caso de un profesional independiente. En el supuesto que gane $ 2.500 al mes y que tenga bienes personales por un valor de $ 140.000, estaría pagando un impuesto sobre bienes personales de $188 por año. Como monotributista a su vez, pagaría $ 1560 anual. En impuestos inmobiliarios y tasas municipales $ 760 por año. De patente automotor supongamos $ 259 al año. Respecto a los impuestos incluidos en servicios públicos -también en el teléfono- hay que sumar unos $ 511 al año. En impuestos directos paga un total de $ 3.278.- lo que representa un 11 % de sus ingresos anuales.

Si agregamos IVA y los demás impuestos ocultos, nos da como resultado que paga $ 8.463 al año. Sobre un ingreso nominal anual de $ 30.000 este profesional independiente soporta una presión impositiva de $ 11.741 equivalente a más del 40 % del ingreso anual bruto. Está trabajando para el Estado 5 meses por año.

Un empresario mediano, que logre retirar para sus gastos particulares un promedio de $ 5.000 por mes, con casa y vivienda de fin de semana, auto, algunas acciones y un saldo en banco así como muebles e instalaciones, todo por un valor de $ 185.500. El impuesto por bienes personales sería de $ 416 al año. En impuestos a las ganancias pagará $ 8.280. Impuesto inmobiliario provincial y tasas municipales por ambos inmuebles, $ 693 al año. Automotor: $ 619 anual. Impuestos incluidos en servicios públicos calculemos unos $ 950 al año. En impuestos directos el empresario está pagando unos $ 12.400 lo que significa el 20,7 % de sus ingresos anuales de bolsillo. Sumando los impuestos ocultos: $ 31.000 es decir el 51 % de sus ingresos. ¡El empresario está trabajando 6 meses al año para el Estado!

Un alto ejecutivo con ingresos mensuales que oscilan los $ 15.000, los mismos cálculos y suposiciones no indican que soporta una presión impositiva del 53,9 %. En cambio, si vamos a un individuo con ingresos superiores a los $ 40.000 mensuales, sorprendentemente tendría una presión impositiva del 39,5 % de sus ganancias anuales, es decir un porcentaje similar al asalariado cuyo sueldo mensual es de $ 700. El mayor impacto, por lo tanto, se concentra en la clase media.

Algunos dicen que la presión fiscal Argentina es baja en relación con los países desarrollados. Dan como ejemplo que en el año 2002 la recaudación total de impuestos nacionales fue del 19,3 % del PBI, sensiblemente menor de lo que se recauda en países industrializados. Pero resulta que en nuestro caso la cifra incluye toda la economía informal -estimada en un 40 %- por lo que la presión tributaria formal en impuestos nacionales soportada por la economía en blanco pasa del 19,3 % al 32,2 %; mucho mayor que en países como EE.UU, Japón, Alemania y Gran  Bretaña donde no supera el 28 % del PBI.

Por supuesto, si combatimos la evasión otra sería la historia. Pero resulta que en los últimos 12 años se dictaron 13 moratorias, y aún así la economía sigue funcionando en negro, con una competencia groseramente desleal entre las empresas que venden con factura y los que han montado toda su producción en la informalidad y nadie los persigue. Los contribuyentes inscriptos son rehenes del Fisco que abruma y abusa de su autoridad con las permanentes modificaciones de las reglas del juego.

Cada año se editan dos o tres tomos con la recopilación de leyes y resoluciones de ese período. A principio del 2004, la colección de los últimos 10 años alcanzó un total de 25 tomos de 1290 páginas cada uno. Durante esos mismos años se dictaron 37 leyes impositivas fundamentales, cada una con nuevos impuestos. La DGI -y su heredera la AFIP- han estado emitiendo un promedio de 291 resoluciones anuales, es decir 1,2 resoluciones impositivas por día hábil. Cada una con una media de 20 artículos e incisos. (56.490 disposiciones en diez años!!).

A su vez las alícuotas van subiendo. El IVA arrancó con una tasa básica del 13 %, luego subió al 18 %, después al 21 % y finalmente fue extendida a todos los productos de consumo popular. ¿No es una vergüenza que el gasto burocrático lo terminen pagando los pobres cuando van al supermercado?), Ni me meto con las retenciones porque es un capítulo demasiado grueso para este artículo.

¿Qué resultados ha tenido este modelo de presión impositiva? La fiesta de los políticos es cada vez más sofisticada, con marketing internacional, palacios Martín Ferreyra, TAMSEs, fondos de provincias patagónicas depositados en el exterior…

Pero la distribución de la riqueza entre los ciudadanos es cada vez más injusta. Cuando asume Perón su primer mandato la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres era de 7,8 veces. Al morir el lider peronista en 1974 era de 12,3. Durante la hiperinflación de Alfonsín llegó a ser del 23,1. En 1991 la convertibilidad la hizo caer a 14,4. Pero a partir de 1994 la brecha subió a 17,8 veces. El impuestazo de Machinea la llevó a 19,8 y en el final de De la Rúa ya era de 21,9. Con la devaluación de Duhalde se disparó a 37,4 veces.

¿Qué ocurre si en lugar de insistir con el fracasado modelo populista que asegura a los políticos el protagonismo en la tarea de generación de empleo (hasta ahora lo único que se les ha ocurrido es el bolsón, el ppp, y el Plan Jefes y Jefas) le damos protagonismo a la Sociedad Civil, reduciendo la carga impositiva y asegurando una competencia leal (todos pagan), para que resurjan nuevos emprendimientos desde las Pymes que generen trabajo genuino? Sólo así salvaremos a la clase media.