El
bien Común:
existe?
Por
Sebastián García
Díaz
Muchas
veces antes los datos
que no envía
la realidad nos preguntamos
si el bien común
existe. Para responder
debemos asumir una
cuestión preliminar.
¿Cuál es la
vida buena para el
hombre? Ante semejante
pregunta se presentan
infinidad de concepciones
cuyas respuestas son,
en muchas casos contradictorias
entre si. Tan contradictorias
que, por momentos,
parece imposible pensar
en un bien que realmente
sea común.
Esta
es la idea de los
liberales contemporáneos:
hoy son tan diversos
los intereses y las
formas de entender
la realidad que debemos
olvidarnos de un bien
general que conforme
a todos. Mejor pensar
en una estricta fórmula
de justicia que asegure
que nadie molestará
al vecino en su actuar
libre.
En
el caso de John Rawls
–un liberal social-,
se agrega una cláusula
para que los ricos
no se desentiendan
de los pobres, pero
su fundamento es tan
relativo que no deja
de ser una buena intención.
El
principio liberal
para lo público
es la neutralidad:
ninguna alternativa
cultural debe ser
discriminada o, lo
que es igual, el Estado
no puede inclinarse
por alguna concepción
del bien en particular.
¿Cómo
aplicar este principio
a los contenidos de
laq educación
pública, por
ejemplo, o a aquellas
otras dimensiones
sociales necesarias
para el individuo?
En general, el liberalismo
mantiene la firme
convicción
de que las fuerzas
sociales, en libre
interacción,
producirán
los bienes que el
individuo necesita.
La regla laissez
faire o si se
quiere la "mano
invisible", no
sólo regula
naturalmente la dinámica
del mercado económico
sino también
el "mercado social".
Las
objeciones son abundantes.
La primera: los liberales
quieren defender la
capacidad de elegir
entre psoturas antagónicas.
Sin embargo, parecen
tomar dichas posturas
como si estuvieran
naturalmente dadas,
cuando en verdad no
es así. ¿Cómo
garantizar que el
individuo tendrá
verdaderamente opciones
significativas para
elegir si ellas son
arrasadas por las
reglas del "mercado
cultural"?
La
segunda: afirmar que
el Estado puede desentenderse
del bien humano es
afirmar que tal bien
no existe. "No",
dirán, sí
existe, pero las "opciones
significativas"
debe determinarlas
el mercado social
y no el Estado. Sin
embargo ¿qué
ocurre si la mayoría
en ese mercado apoya
una concepción
particular del bien
y vota para que el
Estado la imponga
a todos los demás?
El liberal se desmaya.
"Eso es una barbaridad",
replicaría:
"deben respetarse
los derechos naturales,
los valores de razonabilidad
y de tolerancia".
La
masa –finalmente-
preguntaría
por qué hemos
de respetarlos. Este
es el punto en que
el liberalismo se
sincera y comienza
a dar razones de fondo
e invocar criterios
racionales de verdad
y de falsedad. Conclusión:
los liberales sí
creen en un bien objetivo,
que es el bien liberal.
La neutralidad es
una careta, y justificar
el liberalismo con
un relativismo es
un error.
¿Cuál
es el bien común
liberal? La suma de
los bienes individuales.
En verdad no hay bien
común porque
no hay posibilidad
de un debate franco
e institucionalizado
en el ágora
política entre
las diferentes concepciones.
Es una privatización
del bien. Suena atrayente
¿no? Sin embargo,
pensar que el "yo"
es anterior a sus
fines, es decir, que
es independiente de
la comunidad a la
hora de saber lo que
para él es
bueno, es una hipótesis
demasiado abstracta
como para ser debatida.
La
felicidad de la mayoría
En
un segundo estadio
encontramos el utilitarismo.
La vida buena para
ellos es la misma
que en los clásicos:
la vida feliz. Sin
embargo, a diferencia
de aquéllos,
el criterio rector
para lograrla es buscar
el placer y alejar
el dolor. Jeremy Bentham,
el padre del utilitarismo
decimonónico,
no distingue ni jerarquiza
placeres a la hora
de establecer su supremacía.
Parecer que el placer
es el mismo más
allá de la
diversidad de situaciones,
sentimientos o sensaciones
que puedan ocasionarlo.
Sólo varía
en su cantidad.
Por
supuesto, esta concepción
es del todo básica
y superficial, aunque
hoy sea la posición
dominante. Los objetos
del deseo humano son
irreductiblemente
heterogéneos
y, aunque no fuese
así, igual
no nos serviría,
precisamente porque
el gozo, de por sí,
no nos proporciona
ninguna buena razón
para emprender un
tipo de actividad
antes que otra. El
placer acompaña,
puede confundirse
con ella. Pero no
es el fin, sino un
adjetivo del fin.
Hay
una cuestión
más profunda
aún: ¿es posible
establecer a través
del placer o el dolor
de una acción,
la felicidad humana?
Ya lo dice un proverbio
griego: "Nadie
puede ser llamado
feliz hasta que haya
muerto". La felicidad
de un hombre se corresponde
con el cumplimiento
de un proyecto de
vida, de un destino,
de un telos.
Puede que una acción
cause dolor -como
por ejemplo prepararse
físicamente
para una competencia-
pero que más
tarde cause la alegría
del triunfo logrado.
Semejante
falencia en lo antropológico
no son menores en
lo político.
El utilitarismo, en
su formulación
más simple,
sostiene que el acto
o la política
moralmente correcta
es aquella que genera
la mayor felicidad
entre los miembros
de la sociedad. "La
mayor felicidad para
el mayor número".
El potencial democrático
del principio es incuestionable,
pues hay un único
criterio para definir
el bien común:
lo que establezca
la mayoría.
¿Y si la mayoría
se equivoca? Esta
es la debilidad del
planteamiento rousseauniano
al encerrar un peligroso
relativismo. Y no
digo peligroso porque
si: puede ser el caldo
de cultivo para el
nazismo o para otros
"excesos políticos"
similares.
El
bien común
no puede ser, solamente,
lo que diga la mayoría.
Una
nueva visión
Todo
indica que el bien
humano tiene un criterio
superior, cual es
el intento de lograr
la perfección
humana en la medida
de la posibilidad
de cada uno. El principio
podría expresarse
con vieja máxima
de Píndaro:
"llega a ser
el que eres"
o, si se quiere, "intenta
ser el hombre podrías
ser si realizaras
tu naturaleza esencial,
tu destino".
Su mayor cualidad
es que establece un
criterio objetivo,
pero su aplicación
respeta las particularidades
de cada ser humano.
Si todos llevarámos
una vida buena, no
por ello seríamos
todos iguales.
Por
el contrario, cada
uno habría
llevado al máximo
sus potencialidades
innatas y adquiridas
que, en ningún
caso, son idénticas
a las de otro. Por
supuesto, hay un sutrato
común porque
la naturaleza humana
es compartida, pero
hay también
un ideal de autenticidad
que respeta la diversidad
y sostiene la tolerancia.
Ahora bien: ¿cuál
es el camino para
realizarme, para poder
llegar a mi perfección?
Llevar una vida virtuosa
es la respuesta. La
virtud designa el
conjunto de cualidades
cuya posesión
y práctica
ayuda al individuo
a alcanzar la felicidad.
En el caso de Aristóteles,
para lograr la areté
–la virtud para
los griegos- es necesaria
una inteligencia práctica
que sepa discernir
lo que es bueno para
mí en cada
específica
circunstancia. Esto
conlleva una dosis
de objetividad y otra
de subjetividad.
Respecto
de cuáles son
en particular esas
virtudes, no podemos
decir mucho aquí.
Sí podemos
destacar que el hombre,
para ser virtuoso
–para poder decidir
en libertad lo que
está bien y
lo que no- debe ser
educado en el cultivo
de las virtudes. Y
no sólo eso:
necesita vivir en
un "marco virtuoso"
para poder llevar
adelante su propio
proyecto de perfección.
Llegamos
así a una nueva
visión que
no es ni totalitaria
ni individualista.
El bien común
existe y no es otra
cosa que el conjunto
de condiciones sociales
que permiten a los
ciudadanos el desarrollo
consciente y pleno
de su propia perfección.
Por supuesto, abarca
los medios y las condiciones
vitales y morales
que toda sociedad
debe procurar a sus
miembros para que
éstos puedan
alcanzar los fines
de su vida.
Los
liberales dirán:
ese medio es la libertad
individual. Nosotros
decimos: no hay duda
de que es la libertad,
pero no es sólo
ella.
De
la conclusión
se deriva una tesis
fuerte: el bien individual
no es posible sin
el bien común,
que es su condición
determinante. ¿Cómo
lograrlo? Abrir las
puertas de lo político
para que las concepciones
del bien dialoguen
y encuentren coincidencias;
para que trabajen
más allá
del esquema legal
de derechos y deberes
en un nuevo ámbito
de posibilidad. Un
ámbito que
combine la fuerza
de lo social con la
estructura política.
Sin embargo, para
que ese diálogo
sea fecundo, es necesario
abandonar el terreno
de la opinión
interesada y discutir
en base a ciertos
criterios racionales
objetivos.