¿Por qué no
espero a Juez?

Más allá del éxito o el fracaso de sus gobiernos, tengo la sensación de que ninguno de ellos va a atacar los problemas de fondo, que se proyectan incluso en cuestiones culturales.

Diciembre terrible del 2001. Para algunos marca el hito en el que nos decidimos a participar en serio. El motivo fue concreto: el espanto. Comprobar lo que los políticos podían llegar a hacer con el país, si seguíamos dejando todo en sus manos. Desde la Sociedad Civil no era suficiente. Había que meterse en política.

¿Qué fue de aquel clamor? Más de uno ha decidido volver a la normalidad: abandonar los ideales de participación y sentarse a esperar a ver qué hace el nuevo gobierno. ¿Acaso lo que nos indignó hace dos años, no nos sigue pasando ahora? "Sí -dirá algún vecino- pero ahora hay que esperar a ver si Juez puede cambiar algo".

Volvemos a cometer el error que nos llevó a ese "diciembre terrible del 2001". Volvemos a entregar nuestro futuro en manos de un hombre, un político, con la esperanza de que sea él, quien resuelva los problemas que nos aquejan. Y que el tiempo diga si hace lo que hay que hacer, o si tendremos que asumir una nueva frustración y buscar otro líder mesiánico que lo reemplace.

A esta altura, yo no espero a nadie. No voy a esperar a Juez, para saber si realizará (y cuándo lo hará) la reforma política, que garantice la transparencia, más allá de su promocionada honestidad. Ni lo voy a esperar para tener garantías de que los fondos sociales serán manejados sin clientelismo político (me despierta sospechas que lo maneje su propio hermano). Mucho menos lo voy a esperar para tener una ciudad ordenada, con reglas claras que sean cumplidas por todos, en el marco de un plan estratégico.

Y no lo voy a esperar, porque ya no puedo darme el lujo de que este país -y esta ciudad- fracasen en el intento. En "el intento" se van los mejores años de mi vida y el futuro de mis hijos. Ya nos robaron los ahorros. Ya nos devaluaron los sueldos. Ya destruyeron la salud y la educación pública. Ya no puedo salir a la puerta de mi casa tranquilo. Y lo más preocupante: las oportunidades de crecer, de producir, de trabajar... se esfuman, por culpa de un país dirigido como ha sido dirigido.

¿Puede un solo hombre, con un puñado de personas, resolver la crisis de una ciudad al borde del colapso, aunque haya obtenido el 60 % de los votos? No lo sé. Parece un buen hombre. Ojalá que le vaya bien. Pero no puedo arriesgarme a esperar. Los países, así como las ciudades, no se construyen a base de milagros y de sorpresas. Necesitan la confianza de lo previsible.

Entonces no los espero. Porque más allá del éxito o el fracaso de sus gobiernos, tengo la sensación de que ninguno de ellos va a atacar los problemas de fondo, que se proyectan incluso en cuestiones culturales. El populismo que nos carcome, no se extirpa si uno llega y permanece a base de populismo. Si el problema es político -porque lo és-: ¿Vamos a dejar en manos de Kirchner, de De la Sota y de Juez la solución?

Yo quiero estar cuando se decida el destino de mi país, que es mi propio destino y el de mi familia. Y quiero trabajar para que dentro de 10 años -tal vez 20 o incluso 30- ya no dependamos del líder mesiánico de turno, para saber si vamos a tener trabajo o no, si vamos a cobrar la jubilación o tendremos que esperar el anuncio marketinero oficial, con incertidumbre. Voy a sacrificar las horas (que no me sobran, igual que a usted) para llegar a ver una ciudad previsible, que funcione, sin importar quien es el intendente. Y un país que crezca -integrado al mundo- sin importar quien es el presidente.

Y si escucho anuncios políticos, no voy a descansar hasta que me digan cómo, cuándo, cuánto va a salir, quién lo va a hacer y quién lo va a controlar. Pero allí no termina el desafío: no voy a renunciar a pelear para que se produzca la verdadera renovación política; nuevos dirigentes con una visión superadora de cómo se hace política y-sobre todo- cómo se hace para que este país vuelva a crecer.

Ya no vale caer en el lugar común de convocar a la participación. Si usted no participa, después de tantos mensajes en este sentido, tendrá sus razones. Y si vos, que sos joven, a pesar de lo que te están haciendo, no te metés, es tu decisión. Pero los que en este año, han decidido no esperar a nadie, los que siguen indignados y quieren que las cosas cambien, trabajemos juntos. No hay tiempo para mezquindades. No esperemos ni un minuto.

 

Sebastián García Díaz
Presidente de Primero la Gente.