"Nuestro modelo de desarrollo son ciudades que han logrado un proyecto común, sustentable en el tiempo como Barcelona, o Curitiba"



Las razones
de fondo



Córdoba:
¿Comunitaria o liberal?

En el mundo hay dos modelos políticos que compiten a la hora de organizar una ciudad. Los cordobeses debemos elegir qué modelo queremos construir.


El primero es el llamado "modelo liberal" que se conforma con consolidar una sociedad de individuos libres. El segundo podríamos llamarlo "modelo comunitario" y pretende avanzar hacia la construcción de una comunidad.

¿Cuál es la diferencia? En el modelo comunitario sus miembros intentan permanecer unidos, a pesar de todos los factores tendientes a separarlos, mientras que en el modelo liberal permanecen esencialmente separados, rechazando todos los factores que intenten forzar una unificación.

Las consecuencias de elegir uno u otro modelo son enormes y son más graves a medida que pasa el tiempo.

El modelo individualista.


La modernidad -en su largo proceso- ha conformado un modelo de sociedad de manual: con un esquema rígido de instituciones y derechos, y una organización que gira en torno a un concepto abstracto de individuo. Todos entramos en esa definición de individuo, porque es aplicable a todos los hombres, sin importar las particularidades de su región y de su cultura, o su edad o sus posibilidades económicas.

Es el modelo que triunfó en Occidente (¿el fin de la historia?) y que predispuso las condiciones para la expansión de un capitalismo globalizado. El valor sobre el que se funda es incuestionable: la libertad individual por sobre todas las cosas, pero su paradigma social muestra serias falencias. "Conmigo no te metas" pareciera ser la regla de oro de la convivencia.

El boom de las comunicaciones alienta este modelo con una expectativa fuerte: los individuos, en cada lugar del planeta, superarán los límites del tiempo y del espacio (los límites que justifican la ciudad) y ya no habrá fronteras: todos estaremos conectados con todos.

Y lograré más afinidad con los que comparten en distintos lugares del mundo, mi visión, mi status económico o mi admiración por un grupo de música que con aquellos que tengo al lado en mi barrio. Si por alguna razón es necesario tener relaciones reales -y no virtuales- con mis vecinos, que sean relaciones estrictamente voluntarias y personales o en el marco de las organizaciones civiles.

¿Cuál es el proyecto de ciudad frente a tales tendencias? Los liberales más individualistas sólo esperan de lo político un conjunto de servicios eficientes, la capacidad de generar una infraestructura adecuada y de garantizar un mínimo orden. Cada uno sabrá integrarse como pueda y como quiera a los desafíos que propone el mundo de hoy.

La principal misión de la ciudad, en la era de la información, es -según ellos- procurar un conjunto de condiciones urbanas para que se desarrolle la riqueza de los privados. Ese será el detonante para producir un círculo virtuoso de mejora, no sólo de la economía y de la tecnología, sino también de la sociedad y de la cultura.

El proyecto de bien común es básico: que el intendente procure construir la autopista y se contente con eso. Cada uno sabrá si la usa para ir a su empresa, para abandonar a sus hijos, para ir a comprar droga o para trabajar como voluntario en un barrio carenciado. No hay lugar en el planteo liberal para la voz moral de la comunidad, aunque sí para que cada uno entone su propia voz y se reúna con los que "cantan la misma balada".

En definitiva, lo local es una alternativa simplemente instrumental para que los cordobeses nos convirtamos en ciudadanos del mundo. Frente a la amenaza de la fragmentación social y la desintegración, los liberales aconsejan no desesperar: seguiremos viviendo todos juntos, en un marco básico de convivencia y nos saludaremos cortésmente a la entrada de los barrios cerrados o a la salida de los hipermercados.

El modelo comunitario.

Según el modelo comunitario las ciudades son claves, tanto en la generación de riqueza como en la generación de vínculos comunes, que intenten corregir los efectos desintegradores y destructores de una economía de redes, sin ninguna referencia a valores sociales más amplios, más colectivos o no medibles en el mercado (como por ejemplo la conservación de la naturaleza o la identidad cultural).

¿Qué ocurre en los conglomerados que funcionan como sociedad, pero no tienen base comunitaria? El caso del famoso Silicon Valley -la meca del desarrollo informático- es paradójico. En una reciente encuesta el 80% de sus habitantes confirma que está entusiasmado con su trabajo y con su dinero. Pero el 80% dice también que no soporta la vida en Silicon Valley porque no pueden respirar, porque están aislados, porque el individualismo es feroz y la familia se hunde. Es decir, una total insatisfacción con todo lo que no es el trabajo y el dinero. Trabajan cada vez más y viven encerrados en su trabajo, comiendo comida china que les traen por internet.

El deterioro de todo lo que es colectivo acabará por impactar sobre la productividad del trabajo. Tienen la máxima libertad que brinda una sociedad pero no tienen un marco comunitario para disfrutar esa libertad a pleno.

El modelo comunitario, por tanto, exhorta a la Intendencia a preocuparse por desarrollar los valores comunitarios.

Los conservadores quieren imponer sus valores a través de leyes y ordenanzas, pero el proyecto aquí es esencialmente democrático: que se atreva lo político a generar canales adecuados de interacción vertical -los grupos comunitarios, las organizaciones sociales, las empresas y las cúpulas políticas- y horizontal -los diversos actores de los cuatro niveles entre si- y aliente la difusión de los valores comunitarios que surge de esa interacción. La idea es generar propuestas públicas intermedias entre la pura obligación y la pura libertad. Propuestas que tiendan al bien común.

Los resultados pueden ser sorprendentes. En primer lugar porque la gente -muy por el contrario de lo que dice el manual de la modernidad- siente simpatía por los proyectos comunitarios. Es más fácil que siga el consejo o la directiva que surge de la misma comunidad en la que participa, que la fría ordenanza.

Además, los líderes que provienen de lo comunitario son los que hoy en día muestran mayor legitimidad. Invitarlos a participar en la toma de decisiones, es un gran paso para "contagiar" de legitimidad a todo el ámbito de lo político.

La crítica más dura a los planteos comunitarios es la tentación de caer en totalitarismos que coarten la libertad privada de los individuos, pero no creo que eso suceda en Córdoba ni en ninguna ciudad de Argentina.

Un ensayo comunitarista son, -por ejemplo- los proyectos publicitarios, para prevenir los accidentes de tránsito: Aunque la exhortación a no conducir cuando se bebe supera la rigidez del esquema derecho/obligación típico de la Sociedad liberal, interpreta un mensaje deseado por la comunidad.

Sin embargo, los desafíos comunitarios son mucho mayores: ¿Qué educación queremos para los niños cordobeses? Si estamos construyendo simplemente una sociedad, será suficiente con enseñar a respetar el derecho de los otros y tirar el papelito en el basurero. Si el proyecto es construir una comunidad, los contenidos deberán avanzar sobre valores arraigados entre los cordobeses.

Otro tanto si enfrentamos graves problemas, como la marginación, la violencia, la droga o la falta de planificación familiar. Si la Intendencia se conforma con el modelo individualista se tendrá por satisfecha con sacar alguna campaña de bien público. Si, en cambio, adhiere a un proyecto comunitarista entenderá que los problemas se presentan en el núcleo familiar y convocará a los grupos comunitarios, credos religiosos, y organizaciones intermedias a reunirse en un Centro de Protección de la Familia, con fondos públicos pero con gestión comunitaria (por dar sólo un ejemplo).

¿Podremos vivir todos juntos en el siglo XXI? Los liberales responden afirmativamente, "si organizamos el espacio público de tal forma que nos molestemos lo menos posible". Los comunitaristas también responden que sí, pero sólo si somos capaces de compartir en el espacio público ciertos valores que nos comprometan con un proyecto de comunidad. La decisión es nuestra. En mi caso, elijo el modelo comunitario.

Usted: ¿Por qué lo hace?


Elijo el modelo comunitario porque -aunque yo también soy muy celoso de mi libertad- me doy cuenta que no es posible "ser feliz sólo" en una ciudad.

Más aún: creo que la única forma de realizarse en lo personal es descubriendo un ámbito colectivo (voluntario) que me ayude a cumplir ese objetivo. No estamos hablando entonces sólo de obras o de servicios, sino de cuestiones más de fondo que hacen a la política en su carácter estructural. En su búsqueda del bien común.

Hoy vivimos el mayor de los individualismos, aunque -en el caso de Córdoba, particularmente- todavía añoramos la comunidad.

Alexis de Tocqueville ilustra en una frase nuestra forma de vida: "Cada persona, retirada dentro de si misma, se comporta como si fuese un extraño al destino de todos los demás, Sus hijos y sus buenos amigos constituyen, para él, la totalidad de la especie humana. En cuanto a sus relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos pero no los ve, los toca pero no los siente, él existe solamente en sí mismo y para él sólo. Y si en estos términos queda en su mente algún sentido de familia, ya no persiste ningún sentido de sociedad".

Ahora bien: si está es nuestra opción de vida, la última pregunta que nos hicimos -"¿Podremos vivir todos juntos en el siglo XXI?"- adquiere ribetes más dramáticos.

Tomemos este caso. El mismo día nacen dos niños en la ciudad de Córdoba. Uno es recibido con un dormitorio decorado especialmente y ropita angelical para enloquecer a abuelos y parientes. El otro se conforma con un lugar en el colchón de sus hermanos, que duermen todos -bajo el mismo tinglado- con sus padres, tíos y cuñados. El colegio de uno será bilingüe, con computación y viaje de estudios. El otro sufrirá las consecuencias de un colegio que -a pesar de la buena voluntad de su maestra- enseña pobreza.

El capítulo de la adolescencia es muy distinto en cada caso. Uno se desliza por la vida, sin mayores necesidades, ni mayores exigencias que estudiar lo justo y necesario. Con su ropa "último modelo", la posibilidad de salir todas las noches en el "auto de papá", y tomar las cervezas que quiera sin pensar en las limitaciones económicas. El otro, deberá hacer "changas" o "salir a pedir" para poder divertirse luego con los amigos...

Un día se encuentran nuestros protagonistas. Uno, ya profesional -con su propio auto, su traje y su celular-, se detiene en una esquina ante el semáforo. El otro, consciente ya de su marginación, intenta ganar una moneda limpiando el vidrio o cuidando los coches. "Estos tipos me tienen cansado; yo me pregunto por qué no van a trabajar como corresponde", será el pensamiento de uno. "Tacaño!, ni siquiera una monedita me dio" se escuchará del otro.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma de siempre, pero en nuestros días -en la realidad de una ciudad cada vez más grande y más "globalizada"- adquiere una trascendencia inusitada: ¿Por qué uno se va a preocupar por el otro sino hay lazos comunitarios? ¿Y por qué el otro va a respetar al primero? O lo que es igual: ¿Cuál es el vínculo que puede hacer confraternizar a dos "vecinos" con realidades tan diferentes?

Hagamos una ciudad que nos haga mejores personas.


¿Queremos vivir en una ciudad cada vez más fraterna y solidaria? Para ello necesitamos tener en claro por qué tiene que valer algo para mi la persona que convive conmigo en la misma ciudad.

Las posibilidades de interactuar entre vecinos de diferentes estratos sociales resultan cada vez más excepcionales. Tendemos a circunscribir nuestra afinidad con los que comparten nuestro estándar de vida. Pero ¿Qué podemos compartir como vecinos, si uno vive encerrado en un barrio cerrado y el otro en una villa, si uno manda sus hijos al colegio privado, al club privado, a la academia privada donde todos se conocen y el otro comparte lo que pueda darle el Estado con los suyos en las zonas marginales?

Algunos comenzamos a valorar los vínculos que se producían en el Colegio público en otras épocas, y en la parroquia y en el club del barrio, donde corríamos detrás de la pelota, niños con las más diversas realidades. Sin embargo ahora la diferenciación pareciera una tendencia sin retorno y nos seduce la idea de asumirla con un criterio individualista: "Que cada cual atienda su juego y que el Estado se encargue de que nos respetemos en las normas básicas de convivencia".

El fundamento individualista, sin embargo, es superficial. Aunque lográramos un catálogo de derechos y obligaciones, si no hay algo más profundo que no una, deberíamos tener un soldado en cada esquina para que se cumplieran. Es claro que necesitamos un vínculo más humano para fundamentar nuestra fraternidad.

Algunos piensan: "para asegurar mi tranquilidad debo preocuparme de los demás (especialmente de los pobres), si no, algún día me robarán". O su contraparte: "debo preocuparme de él porque algún día me dará trabajo, un subsidio o una ayudita"

¿Podemos sostener nuestra convivencia por una cuestión de "conveniencia"? No lo creo. Puede que tengamos esa actitud con determinadas personas o instituciones, pero no hay mucho futuro si sólo pensamos en el otro "porque me es útil, y me servirá para algo".

Muchos afirmarán que el otro debiera importarme- simplemente porque es un ser humano. Sin embargo, la realidad está demostrando que el argumento también es débil. Porque la humanidad es demasiado grande (en número de personas y cantidad de problemas) y un compromiso con "el ser humano" -así tan general- puede terminar por agobiarnos. Si debemos preocuparnos por los nuestros, por los problemas en el Africa, por el hambre en la India y la discriminación en Europa, finalmente no nos preocuparemos por nadie.

Es verdad que los cristianos creemos en el amor al prójimo sin importar de qué lugar viene. Pero más allá de ciertas excepciones -los santos, los mártires y los piadosos- el común de los mortales necesitamos un vínculo más "concreto" para saber quién es parte de mi comunidad. Y aunque la "aldea global" es cada vez más chica, seguimos necesitando pautas para saber quiénes somos "nosotros" y quiénes son "los otros".

El verdadero problema es que ya no es tan fácil sentirse miembro de una comunidad, en una ciudad como Córdoba, cada vez más grande y desperzonalizada. Porque, para sentirse "incluido" en una comunidad se necesita compartir un pasado común y sobre todo de un proyecto común que nos enlace a pesar de todos los factores tendientes a separarnos. Y en córdoba -la gran verdad- es que no hay proyecto común.

"Me preocupas, porque eres cordobés como yo. Y aunque no te conozco por tu nombre y jamás me he cruzado contigo, hasta ahora, sin embargo siento que mi felicidad está supeditada a que vos también seas feliz." ¿Qué significan semejantes palabras por estos días? Sólo si nos sentimos parte de un proyecto vamos a sufrir ese cargo de conciencia -tan saludable- que surge cuando somos indiferentes ante un pedido o una necesidad concreta de un "próximo".

Más aún: la inquietud por la Justicia -la violencia que sentimos ante situaciones injustas que afectan a otros- reclama una raíz sentimental: me importan, porque esos otros y yo estamos embarcados en el mismo proyecto de comunidad.

En Córdoba necesitamos desarrollar un proyecto común fuerte y ambicioso -y sobre todo justo- para que la convivencia no se reduzca a un "ceder el paso" a la salida del hipermercado. Eso supone que -a pesar del la globalización- no nos dé lo mismo ser vecinos de esta ciudad que no serlo. Que ser "cordobeses" tenga algún sentido. Un sentido común o lo que es igual: "un sentido hacia el bien común".