
Córdoba:
¿Comunitaria o liberal?
En el mundo hay dos
modelos políticos que compiten a la hora de organizar una ciudad.
Los cordobeses debemos elegir qué modelo queremos construir.
El primero es el llamado "modelo liberal"
que se conforma con consolidar una sociedad de individuos libres.
El segundo podríamos llamarlo "modelo comunitario" y pretende
avanzar hacia la construcción de una comunidad.
¿Cuál es la diferencia? En el
modelo comunitario sus miembros intentan permanecer unidos, a pesar
de todos los factores tendientes a separarlos, mientras que en el
modelo liberal permanecen esencialmente separados, rechazando todos
los factores que intenten forzar una unificación.
Las consecuencias de elegir uno u otro
modelo son enormes y son más graves a medida que pasa el tiempo.
El
modelo individualista.
La modernidad -en su largo proceso- ha conformado un modelo de sociedad
de manual: con un esquema rígido de instituciones y derechos,
y una organización que gira en torno a un concepto abstracto
de individuo. Todos entramos en esa definición de individuo,
porque es aplicable a todos los hombres, sin importar las particularidades
de su región y de su cultura, o su edad o sus posibilidades
económicas.
Es el modelo que triunfó en Occidente
(¿el fin de la historia?) y que predispuso las condiciones para la
expansión de un capitalismo globalizado. El valor sobre el
que se funda es incuestionable: la libertad individual por sobre todas
las cosas, pero su paradigma social muestra serias falencias. "Conmigo
no te metas" pareciera ser la regla de oro de la convivencia.
El boom de las comunicaciones alienta
este modelo con una expectativa fuerte: los individuos, en cada lugar
del planeta, superarán los límites del tiempo y del
espacio (los límites que justifican la ciudad) y ya no habrá
fronteras: todos estaremos conectados con todos.
Y lograré más afinidad
con los que comparten en distintos lugares del mundo, mi visión,
mi status económico o mi admiración por un grupo de
música que con aquellos que tengo al lado en mi barrio. Si
por alguna razón es necesario tener relaciones reales -y no
virtuales- con mis vecinos, que sean relaciones estrictamente voluntarias
y personales o en el marco de las organizaciones civiles.
¿Cuál es el proyecto de ciudad
frente a tales tendencias? Los liberales más individualistas
sólo esperan de lo político un conjunto de servicios
eficientes, la capacidad de generar una infraestructura adecuada y
de garantizar un mínimo orden. Cada uno sabrá integrarse
como pueda y como quiera a los desafíos que propone el mundo
de hoy.
La principal misión de la ciudad,
en la era de la información, es -según ellos- procurar
un conjunto de condiciones urbanas para que se desarrolle la riqueza
de los privados. Ese será el detonante para producir un círculo
virtuoso de mejora, no sólo de la economía y de la tecnología,
sino también de la sociedad y de la cultura.
El proyecto de bien común es básico:
que el intendente procure construir la autopista y se contente con
eso. Cada uno sabrá si la usa para ir a su empresa, para abandonar
a sus hijos, para ir a comprar droga o para trabajar como voluntario
en un barrio carenciado. No hay lugar en el planteo liberal para la
voz moral de la comunidad, aunque sí para que cada uno entone
su propia voz y se reúna con los que "cantan la misma balada".
En definitiva, lo local es una alternativa
simplemente instrumental para que los cordobeses nos convirtamos en
ciudadanos del mundo. Frente a la amenaza de la fragmentación
social y la desintegración, los liberales aconsejan no desesperar:
seguiremos viviendo todos juntos, en un marco básico de convivencia
y nos saludaremos cortésmente a la entrada de los barrios cerrados
o a la salida de los hipermercados.
El
modelo comunitario.
Según el modelo comunitario
las ciudades son claves, tanto en la generación de riqueza
como en la generación de vínculos comunes, que
intenten corregir los efectos desintegradores y destructores de una
economía de redes, sin ninguna referencia a valores sociales
más amplios, más colectivos o no medibles en el mercado
(como por ejemplo la conservación de la naturaleza o la identidad
cultural).
¿Qué ocurre en los conglomerados
que funcionan como sociedad, pero no tienen base comunitaria? El caso
del famoso Silicon Valley -la meca del desarrollo informático-
es paradójico. En una reciente encuesta el 80% de sus habitantes
confirma que está entusiasmado con su trabajo y con su dinero.
Pero el 80% dice también que no soporta la vida en Silicon
Valley porque no pueden respirar, porque están aislados, porque
el individualismo es feroz y la familia se hunde. Es decir, una total
insatisfacción con todo lo que no es el trabajo y el dinero.
Trabajan cada vez más y viven encerrados en su trabajo, comiendo
comida china que les traen por internet.
El deterioro de todo lo que es colectivo
acabará por impactar sobre la productividad del trabajo. Tienen
la máxima libertad que brinda una sociedad pero no tienen un
marco comunitario para disfrutar esa libertad a pleno.
El modelo comunitario, por tanto, exhorta
a la Intendencia a preocuparse por desarrollar los valores comunitarios.
Los conservadores quieren imponer sus
valores a través de leyes y ordenanzas, pero el proyecto aquí
es esencialmente democrático: que se atreva lo político
a generar canales adecuados de interacción vertical -los grupos
comunitarios, las organizaciones sociales, las empresas y las cúpulas
políticas- y horizontal -los diversos actores de los cuatro
niveles entre si- y aliente la difusión de los valores comunitarios
que surge de esa interacción. La idea es generar propuestas
públicas intermedias entre la pura obligación y la pura
libertad. Propuestas que tiendan al bien común.
Los resultados pueden ser sorprendentes.
En primer lugar porque la gente -muy por el contrario de lo que dice
el manual de la modernidad- siente simpatía por los proyectos
comunitarios. Es más fácil que siga el consejo o la
directiva que surge de la misma comunidad en la que participa, que
la fría ordenanza.
Además, los líderes que
provienen de lo comunitario son los que hoy en día muestran
mayor legitimidad. Invitarlos a participar en la toma de decisiones,
es un gran paso para "contagiar" de legitimidad a todo el ámbito
de lo político.
La crítica más dura a los
planteos comunitarios es la tentación de caer en totalitarismos
que coarten la libertad privada de los individuos, pero no creo que
eso suceda en Córdoba ni en ninguna ciudad de Argentina.
Un ensayo comunitarista son, -por ejemplo-
los proyectos publicitarios, para prevenir los accidentes de tránsito:
Aunque la exhortación a no conducir cuando se bebe supera la
rigidez del esquema derecho/obligación típico de la
Sociedad liberal, interpreta un mensaje deseado por la comunidad.
Sin embargo, los desafíos comunitarios
son mucho mayores: ¿Qué educación queremos para los
niños cordobeses? Si estamos construyendo simplemente una sociedad,
será suficiente con enseñar a respetar el derecho de
los otros y tirar el papelito en el basurero. Si el proyecto es construir
una comunidad, los contenidos deberán avanzar sobre valores
arraigados entre los cordobeses.
Otro tanto si enfrentamos graves problemas,
como la marginación, la violencia, la droga o la falta de planificación
familiar. Si la Intendencia se conforma con el modelo individualista
se tendrá por satisfecha con sacar alguna campaña de
bien público. Si, en cambio, adhiere a un proyecto comunitarista
entenderá que los problemas se presentan en el núcleo
familiar y convocará a los grupos comunitarios, credos religiosos,
y organizaciones intermedias a reunirse en un Centro de Protección
de la Familia, con fondos públicos pero con gestión
comunitaria (por dar sólo un ejemplo).
¿Podremos vivir todos juntos en el siglo
XXI? Los liberales responden afirmativamente, "si organizamos el espacio
público de tal forma que nos molestemos lo menos posible".
Los comunitaristas también responden que sí, pero sólo
si somos capaces de compartir en el espacio público ciertos
valores que nos comprometan con un proyecto de comunidad. La decisión
es nuestra. En mi caso, elijo el modelo comunitario.
Usted:
¿Por qué lo hace?
Elijo el modelo comunitario porque -aunque yo también soy
muy celoso de mi libertad- me doy cuenta que no es posible "ser feliz
sólo" en una ciudad.
Más aún: creo que la
única forma de realizarse en lo personal es descubriendo un
ámbito colectivo (voluntario) que me ayude a cumplir ese objetivo.
No estamos hablando entonces sólo de obras o de servicios,
sino de cuestiones más de fondo que hacen a la política
en su carácter estructural. En su búsqueda del bien
común.
Hoy vivimos el mayor de los individualismos,
aunque -en el caso de Córdoba, particularmente- todavía
añoramos la comunidad.
Alexis de Tocqueville ilustra en una
frase nuestra forma de vida: "Cada persona, retirada dentro de si
misma, se comporta como si fuese un extraño al destino de todos
los demás, Sus hijos y sus buenos amigos constituyen, para
él, la totalidad de la especie humana. En cuanto a sus relaciones
con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos pero no los ve,
los toca pero no los siente, él existe solamente en sí
mismo y para él sólo. Y si en estos términos
queda en su mente algún sentido de familia, ya no persiste
ningún sentido de sociedad".
Ahora bien: si está es nuestra
opción de vida, la última pregunta que nos hicimos -"¿Podremos
vivir todos juntos en el siglo XXI?"- adquiere ribetes más
dramáticos.
Tomemos este caso. El mismo día
nacen dos niños en la ciudad de Córdoba. Uno es recibido
con un dormitorio decorado especialmente y ropita angelical para enloquecer
a abuelos y parientes. El otro se conforma con un lugar en el colchón
de sus hermanos, que duermen todos -bajo el mismo tinglado- con sus
padres, tíos y cuñados. El colegio de uno será
bilingüe, con computación y viaje de estudios. El otro
sufrirá las consecuencias de un colegio que -a pesar de la
buena voluntad de su maestra- enseña pobreza.
El capítulo de la adolescencia
es muy distinto en cada caso. Uno se desliza por la vida, sin mayores
necesidades, ni mayores exigencias que estudiar lo justo y necesario.
Con su ropa "último modelo", la posibilidad de salir todas
las noches en el "auto de papá", y tomar las cervezas que quiera
sin pensar en las limitaciones económicas. El otro, deberá
hacer "changas" o "salir a pedir" para poder divertirse luego con
los amigos...
Un día se encuentran nuestros
protagonistas. Uno, ya profesional -con su propio auto, su traje y
su celular-, se detiene en una esquina ante el semáforo. El
otro, consciente ya de su marginación, intenta ganar una moneda
limpiando el vidrio o cuidando los coches. "Estos tipos me tienen
cansado; yo me pregunto por qué no van a trabajar como corresponde",
será el pensamiento de uno. "Tacaño!, ni siquiera una
monedita me dio" se escuchará del otro.
La pregunta de fondo sigue siendo la
misma de siempre, pero en nuestros días -en la realidad de
una ciudad cada vez más grande y más "globalizada"-
adquiere una trascendencia inusitada: ¿Por qué uno se va a
preocupar por el otro sino hay lazos comunitarios? ¿Y por qué
el otro va a respetar al primero? O lo que es igual: ¿Cuál
es el vínculo que puede hacer confraternizar a dos "vecinos"
con realidades tan diferentes?
Hagamos
una ciudad que nos haga mejores personas.
¿Queremos vivir en una ciudad cada vez más fraterna y solidaria?
Para ello necesitamos tener en claro por qué tiene que valer
algo para mi la persona que convive conmigo en la misma ciudad.
Las posibilidades de interactuar entre
vecinos de diferentes estratos sociales resultan cada vez más
excepcionales. Tendemos a circunscribir nuestra afinidad con los que
comparten nuestro estándar de vida. Pero ¿Qué podemos
compartir como vecinos, si uno vive encerrado en un barrio cerrado
y el otro en una villa, si uno manda sus hijos al colegio privado,
al club privado, a la academia privada donde todos se conocen y el
otro comparte lo que pueda darle el Estado con los suyos en las zonas
marginales?
Algunos comenzamos a valorar los vínculos
que se producían en el Colegio público en otras épocas,
y en la parroquia y en el club del barrio, donde corríamos
detrás de la pelota, niños con las más diversas
realidades. Sin embargo ahora la diferenciación pareciera una
tendencia sin retorno y nos seduce la idea de asumirla con un criterio
individualista: "Que cada cual atienda su juego y que el Estado se
encargue de que nos respetemos en las normas básicas de convivencia".
El fundamento individualista, sin embargo,
es superficial. Aunque lográramos un catálogo de derechos
y obligaciones, si no hay algo más profundo que no una, deberíamos
tener un soldado en cada esquina para que se cumplieran. Es claro
que necesitamos un vínculo más humano para fundamentar
nuestra fraternidad.
Algunos piensan: "para asegurar mi tranquilidad
debo preocuparme de los demás (especialmente de los pobres),
si no, algún día me robarán". O su contraparte:
"debo preocuparme de él porque algún día me dará
trabajo, un subsidio o una ayudita"
¿Podemos sostener nuestra convivencia
por una cuestión de "conveniencia"? No lo creo. Puede que tengamos
esa actitud con determinadas personas o instituciones, pero no hay
mucho futuro si sólo pensamos en el otro "porque me es útil,
y me servirá para algo".
Muchos afirmarán que el otro debiera
importarme- simplemente porque es un ser humano. Sin embargo, la realidad
está demostrando que el argumento también es débil.
Porque la humanidad es demasiado grande (en número de personas
y cantidad de problemas) y un compromiso con "el ser humano" -así
tan general- puede terminar por agobiarnos. Si debemos preocuparnos
por los nuestros, por los problemas en el Africa, por el hambre en
la India y la discriminación en Europa, finalmente no nos preocuparemos
por nadie.
Es verdad que los cristianos creemos
en el amor al prójimo sin importar de qué lugar viene.
Pero más allá de ciertas excepciones -los santos, los
mártires y los piadosos- el común de los mortales necesitamos
un vínculo más "concreto" para saber quién es
parte de mi comunidad. Y aunque la "aldea global" es cada vez más
chica, seguimos necesitando pautas para saber quiénes somos
"nosotros" y quiénes son "los otros".
El verdadero problema es que ya no es
tan fácil sentirse miembro de una comunidad, en una ciudad
como Córdoba, cada vez más grande y desperzonalizada.
Porque, para sentirse "incluido" en una comunidad se necesita compartir
un pasado común y sobre todo de un proyecto común que
nos enlace a pesar de todos los factores tendientes a separarnos.
Y en córdoba -la gran verdad- es que no hay proyecto común.
"Me preocupas, porque eres cordobés
como yo. Y aunque no te conozco por tu nombre y jamás me he
cruzado contigo, hasta ahora, sin embargo siento que mi felicidad
está supeditada a que vos también seas feliz." ¿Qué
significan semejantes palabras por estos días? Sólo
si nos sentimos parte de un proyecto vamos a sufrir ese cargo de conciencia
-tan saludable- que surge cuando somos indiferentes ante un pedido
o una necesidad concreta de un "próximo".
Más aún: la inquietud por
la Justicia -la violencia que sentimos ante situaciones injustas que
afectan a otros- reclama una raíz sentimental: me importan,
porque esos otros y yo estamos embarcados en el mismo proyecto de
comunidad.
En Córdoba necesitamos desarrollar
un proyecto común fuerte y ambicioso -y sobre todo justo- para
que la convivencia no se reduzca a un "ceder el paso" a la salida
del hipermercado. Eso supone que -a pesar del la globalización-
no nos dé lo mismo ser vecinos de esta ciudad que no serlo.
Que ser "cordobeses" tenga algún sentido. Un sentido común
o lo que es igual: "un sentido hacia el bien común".