¿Quién merece
asistencia social?

Por Sebastián García Díaz
Presidente de Primero la Gente.

Justicia para los más pobres y marginados. Ese es el anhelo. Desde la crisis del 2002 este clamor está siendo respondido con dádivas (planes y vales). Pero a medida que el país va saliendo de aquel quiebre económico y el índice de desocupación desciende, crece el número de personas que se preguntan: ¿Es justo seguir asistiendo a algunos que podrían trabajar o buscarse su propio sustento?

Es indudable que detrás de las diferentes perspectivas sobre la justicia se ubican ideologías políticas y sociales rivales, diferentes visiones del mundo que combinan compromisos sobre valores básicos con un conjunto de presupuestos respecto de la naturaleza humana y de la sociedad.

Los individualistas sostienen que la Justicia es esencialmente una virtud negativa y que tiene que ver con la forma en que las personas no deben tratarse las unas a las otras. “Más de eso no podemos hacer, puesto que estamos prometiendo a la gente humilde un resultado que jamás lograremos, salvo por la vía de la solidaridad voluntaria”.

Los críticos de esta visión dicen que es muy conservadora y que tiende a mantener el status quo en una sociedad, que ya de por sí genera una extrema desigualdad en la distribución de la riqueza. Los que la defienden señalan que la justicia es perentoria, es decir, correcta en si misma con independencia de las consecuencias. “Justo es que nadie me saque mi porción legítimamente adquirida, por más hambre que haya alrededor”.

En el medio estamos la gran mayoría, que queremos una sociedad más justa, sabemos que vivir en sociedad significa derechos aunque también el deber de asistirnos los unos a los otros, pero que sostenemos la necesidad de una conexión entre la justicia social y el mérito.

En definitiva la justicia debe dar a cada uno lo que se merece. ¿Quién se merece una asistencia social completa y de por vida, quién una asistencia parcial y por tiempo limitado y quién directamente no se la merece?

Como todos los seres humanos somos iguales en dignidad y hemos sido llamados a compartir el destino común de los bienes de la tierra, es indudable que debemos recibir un tratamiento igual, hasta tanto se den razones relevantes para un trato diferente. Pero hablamos de una distribución de recursos escasos por lo que, dadas las limitaciones, necesario es buscar la forma más equitativa de distribución. Más allá de esta cuestión práctica, hay razones sustantivas: no es justo que alguien reciba algo que no tiene merecido, en el sentido negativo y en el sentido positivo.

La justicia basada en los méritos requiere que tratemos a la gente como personas responsables por sus acciones y, por lo tanto, susceptibles de elogio o culpa, recompensa o castigo de acuerdo con su conducta y carácter, en la medida en que éstos sean el resultado de sus propios esfuerzos y elecciones. Lo que cuenta es el esfuerzo consciente que tiene efectos socialmente beneficiosos. Es el esfuerzo por conseguir consecuencias socialmente beneficiosas, antes que las consecuencias en sí mismas, lo relevante para el mérito.

¿Cómo aplicamos este criterio a la Justicia Social? “El que no trabaja, que no coma” dijo en su momento San Pablo. En verdad sería un error juzgar el mérito con una única vara ya que debemos distinguir diferentes esferas de justicia social, de acuerdo con objetivos tan dispares como la seguridad, la salud, la educación, el trabajo, la seguridad social y la remuneración. En cada esfera hay que considerar la naturaleza de los factores de mérito que aplicaremos para ser justos.

Un ejemplo elemental: en el ámbito de la salud sería injusto recompensar al que siguió las instrucciones para estar sano y atenderlo primero que el enfermo. Sin embargo la cuestión comienza a volverse compleja cuando avanzamos. En educación: ¿es justo ir recompensando a los alumnos que obtienen mejores notas o la maestra debe concentrarse en los que menos rendimiento muestran? En seguridad social ¿es justo proteger a los que siempre aportaron para su jubilación o, como ahora, hay que dejar que se jubilen personas con mínimos aportes? ¿En la Universidad Pública es justo que entren todos o sólo aquellos que aprueban el examen de ingreso?¿Y es justo que nadie pague, o deberían pagar los que pueden hacerlo?

Esta diferenciación de esferas no debería, sin embargo, llevarnos hacia una relativización de la responsabilidad que en todos los casos tiene la persona en cuestión, tras la afirmación disolvente de que en realidad somos producto de herencia y entorno. Está claro que la perspectiva del mérito que expongo no es moralmente neutral. Pero habría que discutir si es posible un concepto de justicia que sea moralmente neutral.

¿Cómo aplicamos todas estas reflexiones a la asistencia social? Ha llegado el momento de ser más precisos en nuestra ayuda a los más pobres. El que pueda trabajar, que se esfuerce por volver al mercado laboral. Si necesita capacitación, esa es entonces la prioridad. Si su marginalidad es mucho más profunda, pues desde su hábitat y su documentación, hasta su alimentación y vestimenta, le impiden responder a la demanda laboral, entonces nuestra asistencia tiene que ser más integral, enfocada en la promoción humana. Pero en todos los casos, ha llegado la hora de pensar en recompensar al que se esfuerza y poner límites a los que “se avivan”.

En las colas del banco para cobrar el plan jefes o en su caso, el vale lo nuestro, hay mucha injusticia por no diferenciar qué necesita concretamente cada uno y por no considerar el mérito que cada uno hace por recibir esa asistencia.

Ha llegado la hora de que la noción de mérito vuelva a ser la columna vertebral de nuestra reconstrucción como país. Fue la confianza en esta noción la que llevó a nuestros abuelos inmigrantes a venir a Argentina y morir en el esfuerzo, sabiendo que sus hijos y nietos vivirían mejor. Sin mérito, la asistencia social es la sentencia para que los más humildes permanezcan en la marginalidad por generaciones.