Opinión

 

POPULISMO Y DOCTRINA SOCIAL:
UNA SOCIEDAD IMPOSIBLE


Por Gastón Dueñas


“Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles”.
Mohandas Karamchand Gandhi.

Acotando los alcances de la inabarcable densidad de esta temática y más allá de la discutible asociación que se ha hecho, tanto desde ciertas corrientes del liberalismo moderno como desde la socialdemocracia, sobre el rol de diversas líneas del catolicismo en la construcción del paradigma populista, nos preguntamos: ¿existen criterios ciertos de compatibilidad entre el neopopulismo y la doctrina social de la Iglesia?. 

Si hemos de adherir al pacífico axioma tomista que postula que la fe ilumina la razón, no como sustrato del acto mesiánico sino como fuente de la libertad responsable y la conciencia crítica, adelantamos un contundente no, porque entendemos que la justificación del populismo es la razón de las sinrazones. Media entre ambos un abismo de proporciones y para ahondar en él nos permitimos jugar con los aparentes contrastes, citando a uno de los precursores del liberalismo, eminente profesor de Filosofía Moral: "Cuando al seguir los principios naturales somos conducidos hacia aquellos fines que un adecuado razonamiento nos recomienda, generalmente nos inclinamos a sostener que es la razón la causa eficiente de tales conclusiones y tendemos a imaginarnos que es la sabiduría del hombre la que permite tales conclusiones cuando en realidad se debe a la sabiduría de Dios” (Adam Smith, Teoría de los Sentimientos Morales). 

LAS ENCÍCLICAS SOCIALES Y LA DEMOCRACIA MODERNA

 En un histórico proceso de redefinición de las relaciones de la Iglesia con los Estados Nacionales, León XIII promulga Rerum Novarum en 1891, punto de partida del eje doctrinario de la institución eclesiástica moderna que ratifica su vocación por la dignidad inalienable del hombre y representa su proyección hacia el futuro. Su orientación propendrá a una armonía de las clases sociales desde dos constataciones fundamentales y basándose en el espíritu cristiano de justicia y caridad: el derecho natural de las personas a la propiedad particular y la inevitabilidad de la desigualdad social natural, ambas encuadradas en la finalidad humana del bien común, cuya formulación más contemporánea es la igualdad de oportunidades o equidad. 

Con el tiempo, durante el transcurso del turbulento siglo XX, la doctrina social establecerá un diálogo crítico con el liberalismo (por su aceptación explícita de la propiedad privada como medio y no fin en sí misma), inspirando las conquistas del constitucionalismo social, y tomará distancia definitivamente de la utopía revolucionaria del socialismo marxista, llamando a la actuación militante del laicado en la esfera política (Octogesima adveniens). Así, vendrá el reconocimiento de los principios del liberalismo político y de las instituciones formales de la democracia constitucional -representativa y, en los países americanos, republicana- como el más adecuado de los sistemas de gobierno para la vigencia de la libertad humana integral y el tratamiento de la “cuestión social”, generando un marco de convivencia posible en orden a la realización de sus principios básicos (Pacem in Terris) 

En los últimos años, las profundas transformaciones producidas en el mundo con la irrupción de las nuevas tecnologías y la sociedad de la información han puesto en jaque las utopías ideológicas puras, provocando una subversión de las antiguas categorías y una extraordinaria confusión en la elaboración de los diagnósticos y la determinación de sus efectores. 

REGRESIÓN POPULISTA EN AMÉRICA LATINA 

¿Cómo ha decantado ese proceso en Latinoamérica?. No cedemos a la tentación de respuestas concesivas pues detrás de los eufemismos se oculta la lacerante realidad de millones de hombres y mujeres que por momentos parecen haber renunciado hasta a la esperanza. Mientras el pensamiento católico pareciera haberse “distraído” sistemáticamente incurriendo en la denuncia cerril de una versión adulterada del capitalismo moderno mal llamada neoliberalismo, gran parte de los autores del pensamiento liberal  moderno (insistimos en la adjetivación) se ha reiterado con profesión de fe dogmática en la anatemización de la influencia católica, remontándose a la añeja visión de colonia e hispanidad como molde originario del subdesarrollo y caldo de cultivo del mesianismo, el centralismo paternalista y el autoritarismo. Al decir de Gustavo Irrazábal, hemos equivocado de adversario. Dejando hacer y dejando pasar, agregamos por nuestra parte a la luz de los resultados. 

La brillante y oportuna síntesis cuidadosamente expuesta por Juan Pablo II en Centesimus annus, introduciendo a la acepción de un capitalismo “con rostro humano” que no desconociera sus bases como sistema económico (propiedad privada, cultura del esfuerzo, espíritu de empresa y creatividad) sino que combatiera con rigor los rasgos distorsivos del contexto político y social de aplicación que destruyeran el orden ético-cultural (corrupción, clientelismo asistencialista,  degradación institucional, fundamentalismo ideológico, etc.), no fue interpretada orgánicamente. Se identificó menos a las políticas públicas discrecionales y arbitrarias, ajenas a un marco objetivo de índole jurídico-político, que a la raíz teórica de los sistemas económicos, como las verdaderas artífices de la inequidad.

Socialistas y socialdemócratas, por su parte, siempre obturados por atavismos ideológicos y en este tiempo abandonados a una increíble complacencia, salvo honrosas excepciones, han practicado la inconducencia en nombre de la quimera, 

Y he aquí la muestra palpable de un  grueso error de perspectiva que nos condena largamente a probadas y remozadas fórmulas de empobrecimiento material, intelectual y espiritual. 

Campeando por sus fueros, entre la torpeza y la ceguera ajenas, camuflado en un sistema híper pragmático de conducción de la voluntad política más propio de la lógica movimientista que de la ideología convencional, el populismo vuelve, una y otra vez, usurpando identidades y desorientando a propios y extraños, reinventado desde la izquierda, el centro o la derecha, con sus más perversos recursos y las peores consecuencias estructurales. 

Como un torrente sin contención, el neopopulismo arrasa con el espíritu de la doctrina social de la Iglesia y con los cimientos de la democracia constitucional, dirigiendo toda su fuerza hacia el punto exacto donde ambas encuentran una plena comunión de fines: el respeto a la dignidad trascendente de la persona humana 

POPULISMO A LA CARTA 

El populismo, en sus más variadas formas, es una antigua marca registrada en el convulsionado universo de lo que ha sido llamado, en un hallazgo conceptual, el realismo mágico latinoamericano. Una compleja trama de variables constitutivas de la matriz cultural de las naciones de origen ibérico mixturadas con la herencia ancestral de las comunidades originarias que, manipuladas hábilmente por los liderazgos carismáticos, han informado distorsivamente a muchas de las expresiones históricas de sus pueblos, demasiadas en honor a la verdad. La política y la economía, las instituciones sociales –incluida la familia- y educativas, el arte y la cultura populares y las manifestaciones de la religiosidad, han sido ámbitos naturales de irradiación o de resistencia, alternativamente, a este activo y omnipresente mutante de dificultosa definición y vagos postulados.

Ahora bien, de cantidad de objetivaciones posibles, cuál arriesgaremos por más acertada en aras de describir este fenómeno recurrente que ha sobrevivido con pompa y circunstancia a los avatares de profundos cambios y reformas, en clave de organización o revolución, en tiempos de guerra y de paz, afectando esencialmente la vida y el destino de millones de personas a lo largo de casi dos siglos desde la emancipación americana. Atendiendo a la síntesis de la palabra y a la tiranía del espacio, exploremos una descripción menos académica que provocativa para instalarnos en el centro mismo de nuestra reflexión. Se trata de una nefasta concepción de la sociedad que coloca en el gobierno el derecho y la responsabilidad de dirigir las vidas de las personas, y muy especialmente la economía, generando a partir de esa premisa una creciente ineficacia y un cúmulo de abusos, tanto en la esfera pública como en la privada, lo que provoca la más paradójica de las consecuencias: la sociedad, indignada contra el estado corrupto que la saquea y empobrece, lejos de limitar sus atribuciones, le otorga aún más poderes para salir del atolladero, un poco como le sucede al adicto a la heroína cuando padece una crisis de abstinencia; se inyecta otra dosis de la sustancia que lo está matando.

Hoy, autoritarismos de toda laya, nacionalismos chauvinistas, indigenismos radicalizados, cesarismos expansionistas, unicatos filofascistas, nos devuelven una imagen retro a todo color del folclore socio-político latinoamericano que creíamos sepultada en algún lugar remoto del inconsciente colectivo, junto a los recuerdos más ingratos del pasado. “¿Qué decir entonces de los fabricantes de cólera? ¿De los que exasperan la conciencia de deshonra y de injusticia?. Ayudar a tomar conciencia de la desigualdad que debe y puede corregirse es conforme al bien común; exasperarla si no se puede actuar sobre sus causas o desviar las energías del cambio hacia falsas causas, es contrario al bien común y a la caridad misma con los pobres” (Pedro José Frías, La Identidad Latinoamericana).

Reconstruyendo artificiosamente los populismos históricos de generación espontánea (primer peronismo, por ejemplo), los regímenes neopopulistas se encuentran limitados en sus horizontes: ya no hay conquistas sociales de significación que ofrecer ni redistribución de la riqueza que operar en términos revolucionarios. El apetito desmedido de poder y las ansias indisimuladas de enriquecimiento de las camarillas de turno, amparadas en el reciclaje de pasadas simbologías, reflejan un claro menoscabo de los “ideales” fundantes del populismo clásico. Pero no sólo los propósitos reales sino también los medios para concretarlos han padecido la metamorfosis.

El neopopulismo ‘asalta’ las estructuras del Estado por la vía electoral, manteniendo las formas democráticas y reservando la acción directa de grupos afines, no exenta de violencia, como instrumento de eficacia política y social una vez detentado el poder, utilizando un lenguaje descalificante que estigmatiza y ningunea la oposición, sindicada como “enemigo del pueblo y la democracia” y cuya sola presencia se torna hasta inmoral. Manejando caprichosamente los resortes de la administración, genera una dependencia clientelar de amplias franjas de la sociedad y explota el temor de los “otros”, priorizando la supervivencia del régimen por sobre las propias personas, despojadas ya de hecho de su ciudadanía. Construye de esta manera una extensa y ramificada maquinaria aceitada por los presupuestos públicos y dirigida a un único y excluyente objetivo: ganar cualquier elección a cualquier nivel como elemento de acumulación del líder, necesitado de aplauso y aprobación permanente. En este punto, ha liquidado la democracia republicana y diseñado su herramienta más valiosa: la democracia plebiscitaria, certificado de defunción para las libertades públicas y personales. En nombre de la libertad, coarta o aniquila la libertad; en aras de la justicia, sostiene y exculpa prácticas injustas; en reivindicación de los pobres, acentúa la pobreza y desalienta la creación de riqueza. Como concluyó con genial lucidez el gran filósofo italiano Antonio Rosmini, advirtiendo sobre los excesos de la Revolución Francesa: se reemplazó el ser personal por el ser colectivo y todavía hoy padecemos las consecuencias.  

 BREVIARIO DE INCOMPATIBILIDADES 

Quisiéramos reseñar sintéticamente cinco incompatibilidades sustanciales entre la doctrina social de la Iglesia y las diversas caracterizaciones asumidas por el populismo.

1) El primer principio de la doctrina social es el respeto irrestricto a la dignidad del hombre, en tanto ser único e irremplazable. Todas las manifestaciones demagógicas del populismo -muy en especial el asistencialismo crónico- tendientes a masificar a la sociedad y uniformar a los individuos, por ejemplo bajo una falsa apelación a la igualdad, constituyen un atentado directo a su dignidad y violan una concepción amplia, integral y desideologizada de los derechos humanos.

2) Concordantemente con esa cosmovisión del hombre surge la aspiración natural a la libertad. La dignidad humana demanda que la persona actúe de acuerdo a una elección consciente y libre y ya hemos visto que la apoteosis populista colisiona irremediablemente con la identidad personal, el pensamiento autónomo y la madurez cívica. La conciencia moral y la dimensión de la responsabilidad objetiva dotan de sentido a la libertad, posibilitando la convivencia social. El excesivo celo con que la doctrina social previene a la autoridad sobre las restricciones aplicadas a la libertad está en las antípodas de la dinámica populista, signada por el intervencionismo creciente en la vida privada y el ámbito público.

3) El sistema democrático, precisamente, facilita el desarrollo de las condiciones que permiten la búsqueda de la plenitud personal y la sociedad justa, entre ellas, la paz, un orden jurídico equitativo y los servicios esenciales, presupuestos indispensables para la finalidad del bien común. El Estado debe ejercer allí una delicadísima tarea de conciliación de los bienes particulares y de interpretación del bien común general, que no contemple solamente los deseos de las mayorías, sumamente volátiles además en el mundo moderno.

Este es el pecado capital de los regímenes populistas: gobernar espasmódicamente, sin visión de largo plazo, para congraciarse en lo inmediato con sus clientes electorales.

4) Ante este complejo desafío nos encontramos con uno de los principios neurálgicos de la doctrina social: la subsidiariedad. Decíamos que el Estado debe comprometerse con la salvaguarda del bien común, pero a los individuos les asiste el derecho y el deber de asumir un alto protagonismo  para cumplir con esa finalidad en la medida de sus máximas posibilidades. Cada persona, familia y grupo de la sociedad civil tiene algo original que ofrecer a la comunidad. El Estado debería reconocer su papel pues una negación del mismo limita, e incluso destruye, el espíritu de libertad e iniciativa, resintiendo el progreso y la evolución de la sociedad. La incompatibilidad no podría ser más absoluta en este caso, dado que las experiencias populistas, de manera excluyente, han asfixiado la capacidad de acción de todos los individuos e instituciones que representaran un dique de contención a la centralización de decisiones, la burocratización improductiva, el asistencialismo estructural y la presencia injustificada y excesiva en todas las esferas.

5) Implicados al principio de la subsidiariedad van de la mano también el principio de la participación (política, social, cultural), que no puede disociarse de la democracia moderna y está ratificado en la primera encíclica de Benedicto XVI (Deus Caritas Est), y el principio de la solidaridad, entendido como una vocación concreta de servicio a los demás en función del bien común y una virtud moral de orden personal.

LA PROMESA DE LA REPÚBLICA 

Permítaseme volver a jugar, incluso provocar, con las palabras y los significados, en esta expresión sintética y concluyente de los mejores valores de ambas tradiciones –la de la doctrina social y la republicana-.

Si enaltecemos nuestra vida diaria comprometidos con los principios antes repasados habremos cumplido con la “Constitución del catolicismo social” -aún los no creyentes- y si protagonizamos nuestra vida ciudadana honrando los principios democráticos habremos profesado la “religión de la República”.

La división de poderes, la periodicidad de funciones, la transparencia de los actos de gobierno y la igualdad ante la ley, así como la dignidad, la libertad -pública y privada-, el bien común, la participación y la solidaridad, nos re-ligan a una profunda convicción: una sociedad con el populismo es, ante Dios y los hombres libres de buen juicio y sana voluntad, la crónica anunciada de una aventura imposible.

Gastón Dueñas Dabezies.
Córdoba, 7 de agosto de 2006.